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Julieta Gugliottella vuelve a escribir en Coemu con rabia necesaria. Dice que hay momentos en los cuales se debe resignar para avanzar, que el tetazo no se debe simplificar.  Advierte sobre el peligro de hacerle el juego a la agenda de los multimedios y su construcción de dos demonios. Y le dice a los varones feministas: ¿Es necesario que sean protagonistas en estos casos? No, y argumenta.  Crónica de la marcha y el avance de derechos.


Fotos: Josefina González

Cómo cuesta sentarse a escribir después de haber visto tanta ignorancia, tanta violencia, tanta idiotez hacia la causa que una defiende a capa y espada. Cómo cuesta reflexionar de una forma coherente ante tanto comentario misógino, desacreditador, humillante sobre la lucha que una elige como modo de vida, como bandera, como forma de cambiar realmente la realidad. Ni hablar de lo mucho que cuesta ser víctima de un sistema que nos oprime todos los días por el sólo hecho de ser mujeres, y encima tener que vivir dando explicaciones de por qué hacemos lo que hacemos, de por qué a veces reaccionamos así o asá.

Es desesperante cuando el nivel de difusión de un hecho nos obliga a salirnos de la burbuja feminista cotidiana para enfrentarnos con la más cruda realidad del mundo en el que vivimos. Pero a la vez es necesario: tenemos la obligación de enfrentarnos a esto, de pinchar el mundo de fantasías que nos creamos al encontrarnos rodeadas de prácticas y discursos más o menos acordes a los nuestros y darnos cuenta que falta. Falta un montón, más de lo que creíamos.

Las formas versus el contenido

Una vez más, tenemos que discutir sobre “las formas sí, las formas no”. Da impotencia y angustia tener que desviar tanto el eje, corrernos de lo verdaderamente importante, priorizar este debate ante tantos otros que son las verdaderas discusiones que debemos dar. Pero a veces no nos queda alternativa, a veces tenemos que resignar (seguir resignando) para que algo de todo esto tenga un sentido político, colectivo y social.

Sí, no es lo que tenemos ganas de hacer y no, no es nuestra obligación hacerlo, compañeras feministas. Es cierto, no deberían marcarnos la agenda de este modo y no deberíamos ser “cómplices” de cómo las grandes empresas de multimedios, asociadas con la opinión pública machista, nos marcan la cancha. Deberíamos ir “más allá”, deberíamos no darle cabida porque sabemos que por acá no es. Pero la única verdad es la realidad y ésta nos marca que si no rebatimos ciertos discursos, unos predominan sobre otros. Y hoy, lamentablemente para nosotras, el tema en agenda son “las formas”. Bueno, ganemos esta discusión entonces.

En primer lugar, nuestras formas no fueron, no son, ni serán la violencia. Jamás lo fueron. Te estarás preguntando entonces qué fue eso de escrachar un patrullero, de sacar varones a empujones o distintas expresiones que surgieron tanto en el tetazo como en muchas de las iniciativas feministas. O cómo se explican, por lo tanto, las paredes pintadas durante los encuentros de mujeres, los cascotazos de las compañeras hacia las fuerzas policiales, etcétera.

Te lo respondo: son consecuencias, no formas.

¿Consecuencias de qué? De lo que vivimos desde que nacemos hasta que nos morimos por el simple hecho de ser mujeres. ¿Quién, en su sano juicio, puede exigirnos que seamos siempre tolerantes y pacientes, mujeres que piden “por favor”, “permiso” y “gracias”, cuando estamos pidiendo que dejen de matarnos y violarnos? ¿Quién, en su sano juicio, puede juzgarnos por no querer tener al lado, durante un reclamo particularmente nuestro, a quien representa al género que nos oprime todos los días? ¿Quién, en su sano juicio, prioriza horrorizarse ante un patrullero pintado pero no prioriza que ese patrullero nunca aparece cuando denunciamos, cuando llamamos pidiendo ayuda después de tanto golpe? ¿O acaso no es ese mismo patrullero el que, además de no cuidarnos, nos bocinea o incluso demora por trabajadoras sexuales, por trans, por vestimentas?

Nuestras formas, en todo caso, son las formas en las que aplicamos el feminismo cotidianamente, desde el lugar que a cada una le toca, de la mejor forma que puede y con el único rédito de tener una sociedad más justa, más libre, más igualitaria.



Y estas formas son varias:

- La militancia en los barrios, donde hacemos malabares con mujeres golpeadas que no tienen dónde denunciar ni vivir, no tienen cómo comer después de la separación, ni cómo vestir a lxs chicxs cuando la violencia también es económica. Pero las acompañamos, ponemos hombros para llorar, brazos para sostener, oídos para escuchar historias tan dolorosas como cotidianas.

- Los espacios colectivos, donde nos encontramos con otras compañeras, con otras mujeres y empezamos a desarmar una vida entera sacando a la luz todas las situaciones, dichos, hechos, vivencias y personas que cotidianamente nos violentan. Espacios donde empezamos a darnos cuenta de lo injusto que es todo, donde se le pone nombre y apellido al patriarcado, a lo que vivimos siempre, todo el tiempo, con todo el mundo. Pero sabiéndonos acompañadas y sobre todo fortaleciéndonos para revertirlo.

- Las redes y recursos generados a partir de la lucha cotidiana, que nos permiten mejorar nuestra calidad de vida ante tanta marginación. Lazos con espacios de salud, donde las mujeres puedan acceder a un aborto y no morir desangradas; con espacios judiciales y legales, para poder realizar una denuncia y con diferentes organismos para poder protegernos luego de hacerla; con jardines maternales, colonias de vacaciones o deportes para que lxs niñxs habiten lo sano y las madres puedan tener su espacio; con salud mental u hospitales, para tener lugares de contención o para que la violencia obstétrica deje de operar contra las más pobres; con organizaciones e instituciones que nos den una mano para tener respuestas a las infinitas resacas del machismo.

- Los talleres, donde nos formamos cotidianamente para empoderarnos, para dejar de ser víctimas. Espacios donde también nos encontramos con situaciones que en otros lados no aparecen, porque es ahí donde nos sentimos pares, contenidas, libres. Y entonces es posible abordarlas, porque ya no las callamos.

-En la calle, donde le reclamamos al Estado que garantice nuestros derechos, donde le recordamos al patriarcado que acá estamos: más fuertes que nunca, donde adquirimos derechos que nos corresponden, donde dejamos de renunciar a lo que nos pertenece pero nos lo niegan, donde exigimos igualdad.

Y podemos enumerar millones más. Millones de formas con las cuales aplicamos el feminismo todos los días de nuestras vidas en todos nuestros ámbitos. Todo lo demás, lo que sólo hacen visible y lo único que les molesta, son consecuencias.

Consecuencias del habernos cansado. ¿De qué? De que nos maten, violen, empalen, persigan, manoseen, griten, silben, apoyen, miren, toquen o muestren su pija. Cansado de que nos paguen menos, nos despidan más, nos empobrezcan el doble, nos excluyan. Cansado de que nos impongan roles de madres, amas de casa, maestranzas, secretarias, esposas. Cansado de que nos corran de los lugares de poder, de que nos cueste el doble acceder a vivienda, trabajo y salud, de que nuestras opiniones no sean tenidas en cuenta, de que nos hagan invisibles. Cansado de la ridiculización en público, de la subestimación, del lugar de objeto. Cansado de que nos culpen por cómo nos vestimos, hablamos o hacemos. Cansado de que todos los privilegios sean para varones y estén tan cómodos con ellos que no se los replanteen nunca. Cansado de que nos eduquen diferente: a algunas para ser sombra y a otros para ser ingenieros nucleares. Nos cansamos de que tu prioridad siempre sea hablar de las formas y nunca de todo esto.

Además, les cuento un secreto: nunca los derechos se conquistaron priorizando las buenas formas.



Teoría de los dos demonios

Nos suena ¿no? Esta es la teoría que ciertos sectores utilizaron (incluso algunos hasta el día de hoy) para nombrar al Terrorismo de Estado en Argentina. Bueno, algo parecido sucede con la nueva forma de titular nuestros espacios.

“Tensión y empujones por la presencia de hombres”; “Mujeres Vs. Hombres”; “Guerra entre géneros”; “Tensión en la marcha del tetazo”. Vamos, muchachos, que sucedieron muchas cosas además de un par de empujones o un patrullero pintado.

Pero nos tienen acostumbradas. El Encuentro Nacional de Mujeres (ENM), por ejemplo, donde existieron cientos de talleres, decenas de plazas, interminables plenarios y más de cien mil mujeres participando, no apareció en ningún lado hasta que la represión se hizo presente. Y otra vez las formas, las violentas, los aerosoles, las paredes. Pero de todo lo anterior, nada. De la policía tirando, nada. De las temáticas de los talleres y las miles y miles de mujeres, nada. ¿Jamás se preguntaron qué hacemos ahí? ¿Por qué cada año se incrementa significativamente el número de participantes? ¿Qué hay detrás de todo ese temor hacia mujeres organizadas discutiendo sus derechos?.

Es interesante como tanto en la dictadura como en este caso, se habla de guerras cuando claramente hay sólo un sector que oprime y sólo un sector oprimido ¿Qué tipo de guerra sería esa? Una muy rara, donde sólo hay muertes de mujeres en manos de varones ¿Una guerra no debería ser en condiciones más equitativas y con muertes de ambas partes? Sí, claro, porque esto de guerra no tiene nada, señores. Somos mujeres feministas luchando por sus derechos, esos que fueron desaparecidos por ustedes y repartidos entre varones blancos y heterosexuales. Esos que tienen miedo de perder quienes juzgan sin saber, quienes nos señalan horrorizados sin sentir ni una mínima parte de lo que nos toca.



Varones sí / Varones no

Otra valorización errónea de nuestro movimiento. ¿Quién dijo que los varones no son parte de la lucha feminista? Lo que sí estamos discutiendo es dónde, cómo y para qué. Pero todo esto se simplifica en un “no nos dejan participar”, de un tono caprichesco y llorón. ¿En serio vamos a reducir a ese nivel la discusión sobre la participación de varones en el feminismo? ¿En serio esas son todas las ganas de discutir sus roles y espacios en este movimiento?.

Hablemos del tetazo. Al llegar, nos sorprendió y violentó la cantidad de varones que había alrededor haciéndose una paja mental con nuestras tetas. Era un espectáculo donde los machos rodeaban un círculo con cámaras, celulares, micrófonos, babas y miradas de esas que vemos siempre en el subte, bondi y tren. Muchos no pudiendo disimular su pajerismo. Otros, se hacían parte de la consigna con carteles, corpiño o algo que lo identifique como el varón feminista más genial del universo que nos acompaña y protagoniza cada uno de nuestros espacios porque él, él y él es el compañero más comprometido del mundo.

Hablemos de estos últimos. Compañero varón cis, heterosexual, blanco, privilegiado como nadie. Usted dice ser feminista y acompañar esta lucha. Pues bien, como “pares” feministas, coincidimos en que las protagonistas de este movimiento, son las mujeres. Así como los negros lo son de la lucha contra el Apartheid; las lesbianas, bisexuales, gays, trans lo son en la lucha por la diversidad; lxs trabajadorxs y sindicatos lo son en la lucha por paritarias, salarios dignos y contra los despidos; o lxs vecinxs de la Villa 31 en el reclamo por la urbanización y el freno a desalojo de familias.

Ahora bien, esos reclamos y luchas pueden ir acompañadas de diversos sectores, personas y organizaciones, pero nos parece obvio que quienes delinearán las consignas, espacios, formas y etcéteras son esos protagonistas. En el tetazo, en sus repercusiones y todos los días en todos nuestros espacios, existe una indignación masiva por correr a varios varones del centro de la escena.

Primero, existió un cordón para que se posicionen por fuera y varios se enojaron por tener que salir del círculo. Adivinemos cómo se llama esto: necesidad de protagonismo y utilización de privilegios. ¿No será un poco contradictorio que aquellos que dicen acompañar y compartir el feminismo, no puedan siquiera resignar un poco su presencia en busca de aceptación, cámaras y muchos likes un día como este? ¿Realmente un compañero que dice ser feminista puede ofenderse porque las protagonistas de la causa le piden que se corra “un poco más allá”?

Segundo, si bien había posiciones encontradas, existían compañeras que se sentían incómodas con la presencia de esos varones a su lado. Suficiente. Sólo hace falta una sola compañera que no quiera que estés ahí para que te vayas. ¿Cómo puede ser que varones que se solidarizan con el reclamo no puedan siquiera escuchar a la compañera a la que dice defender? Algo tan elemental y básico para realmente acompañarnos: escucharnos. ¿Tienen idea lo que representan como varones para alguien que sufre la violencia todos los días? ¿Sigue siendo más importante el protagonismo? ¿Así nos solidarizamos con la causa?.

Tercero, si realmente sos un varón feminista preocupado por la violencia y opresión hacia las mujeres y en cómo el patriarcado opera sobre nosotras, pues bien, ¡a ponerlo en práctica! ¿O acaso el tetazo es el único lugar que encontraste en este mundo plagado de machos para dar cuenta de tu compromiso tan genuino y verdadero?.

Entonces, establezcamos una cuestión evidente: existen los varones feministas, a quienes les damos la bienvenida a nuestro movimiento y con quienes delinearemos una lucha en común (aunque conservando siempre nuestros espacios de mujeres); y existen los varones diciendo ser feministas, a quienes les vamos a sacar las caretas porque acá no hay lugar para mentirosos. Los primeros, no estuvieron en el tetazo porque entendieron que su lugar no era ese o, si es que fueron, se dieron media vuelta cuando escucharon a una compañera diciendo “no los quiero acá”. Los segundos, estuvieron dando notas en el centro de la escena y si lo hacían con corpiño-cartel-pintura en el pecho mejor, eso atraía más la atención y generaría una mayor reprecusión en twitter luego. ¡Tal vez hasta sea Trending Topic y se convierta en el feminista más codiciado!.

Hablemos entonces del rol de los varones, porque es fácil ser feminista en espacios de mujeres. Lo difícil, amigos míos, es serlo en sus espacios. ¿No sumaría mucho más que invadan de feminismo a esos lugares y varones? Digo, como son los encargados de que el patriarcado siga su rumbo, tal vez sería más eficaz que pegarse a nuestro lado para la foto. Citemos a Georgina Orellano, secretaria general de la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR):

“[…] ¿Qué tal si mientras las mujeres marchamos ellos en las unidades básicas, en las sedes del partido, en el sindicato, en las casas o plazas quedan al cuidado de nuestrxs hijxs? ¿Qué tal si cubren el puesto laboral de su compañera para que ésta pueda liberarse e ir a marchar? ¿Qué tal si lejos de querer explicar su presencia con argumentos tales como: "tengo hijas, hermanas" no incentivan para que sus hijas y hermanas asistan a la marcha y ese día ellos se hacen responsable de la limpieza del hogar? Tienen miles de formas en las que pueden apoyar a las mujeres en vez de venir para no perder el protagonismo, parece que el ego de macho no los deja pensar. Pueden ser solidarios los 365 días del año, recolectar fondos para darle a sus compañeras que ganan menos que ellos, hacerse cargo del cuidado de lxs niñxs, poner guarderías en los espacios de militancia, poner en las listas en épocas de elecciones a las mujeres y no solo darles secretarias femeninas como la de género, discapacidad y acción social. Hay miles de formas en las que pueden aportar, ayudar y demostrar su solidaridad. Invadir nuestros espacios y verlos buscando cámara, llamando la atención no es justamente la manera en la que queremos algunas que nos ayuden, tanto espacio en la sociedad tienen ya ganado que no les alcanza y quieren venir a copar los nuestros.”

Incluso, se me ocurre y se lo escuché decir a un compañero, pueden comenzar por generar otros espacios complementarios a los nuestros pero que discutan, como representantes del machismo y la opresión, cómo revertir(se), modificar(se) y cuestionar(se).

Seamos sinceros, es mucho trabajo convertirse en nuevas masculinidades, romper una cena familiar cuestionando el chiste del tío, exponerse con los compañeros de fútbol cuando hablan de la minita que se cogieron, realizar encuentros entre pares para cuestionarse, resignar los privilegios otorgados al nacer, decirle al amigo que no es forma de tratarla, explicarle a tu viejo que además de hacer el asado pude barrer, no reírse del chiste misógino en la oficina o militar en el barrio para que el compañero deje de decidir sobre nuestras vidas.

Por eso, compañeros, deciden enojarse de modo caprichesco y llorón. Porque es más fácil ir al Ni Una Menos en vez de hacer que no nos maten; porque es más fácil ofenderse por no participar del ENM que generar uno de varones antipatriarcales; porque es más fácil adherir al paro de mujeres que discutir en los puestos de trabajo las causas de ese paro; porque es más fácil reclamar igualdad que resignar privilegios; porque es más fácil ser políticamente correcto con discursos y pancartas, que ponerlo en práctica. Porque es más fácil decirse feminista que serlo realmente.

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“Admitir privilegios, renunciar a ellos y convencer a otros hombres de que hagan lo mismo tienen que ser los pilares del feminismo de los hombres. Si no hacemos eso, no estamos ayudando al movimiento, lo estamos revirtiendo. Y al final, si no quieres ser feminista porque te obliga a sentarte y callar la boca, está bien. El feminismo no te necesita a ti.” Alexander Ceciliasson. Antropólogo, activista feminista y miembro del partido Feministiskt Initiativ.

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Feminismo


“No me representan”; “soy feminista pero esto con el feminismo no tiene nada que ver”; “algunas nos dejaban entrar y otras nos echaban”; “pero si las banco, por qué no me dejan”; “soy mujer y no necesito mostrar las tetas para hacerme respetar”; “el feminismo es otra cosa”.


Esto es algo que no podemos permitir. Sí, es cierto que el feminismo tiene interminables teorías, posicionamientos, prácticas y formas. Hay millones de representantes feministas contradiciéndose permanentemente. De eso se trata cualquier movimiento. ¿O acaso el peronismo es uno solo, cuadrado, universal, unificado y sin particularidades o diferencias? (Aplíquese a cualquier movimiento del mundo entero). Ahora bien, que el árbol (o lxs ignorantes) no nos tapen el bosque. Feminismo hay uno solo y es tan grande como diverso. Eso no lo divide en dos ni en cien, lo hace uno solo con matices. ¿En qué nos basamos para afirmar que es uno solo? En que la causa de su existencia es una sola: el patriarcado; en que los objetivos son compartidos por todas: la igualdad entre géneros, la liberación de la mujer, la adquisición de derechos por parte de las mismas y en que el enemigo es uno solo: el macho opresor. Así que bienvenidas sean las diferencias, pero bajo ningún punto les permitiremos que nos dividan, mucho menos que den por sentada esta división.

En nuestro movimiento hay hippies, troskas, peronistas, trabajadoras, amas de casa, madres, abortistas, católicas, ateas, anarquistas, peludas, depiladas, tortas, heterosexuales, trabajadoras sexuales, abolicionistas, hijas, tías, estudiantes, pobres, adineradas, bisexuales, trans, tatuadas, gordas, flacas, tetonas, universitarias, militantes, analfabetas, intelectuales. Sin embargo, porque tenemos claras las contradicciones es que tenemos claro el horizonte. Querer resaltar a éstas como una debilidad no es más que el machismo operando para deslegitimar nuestro movimiento e invisibilizar nuestros objetivos.

Claro que esto no es cosa de varones y existen las mujeres que dicen no ser representadas por estar en desacuerdo con algunas formas. En primer lugar, y esto es personal, cada vez que me encuentro en algún espacio ya sea militando el feminismo, discutiendo sobre género, reclamando por nuestros derechos o lo que sea, siento que las estamos representando de todas maneras. Los derechos que las feministas conquistaron a lo largo de la historia no fueron repartidos entre quienes dieron la vida por ellos, sino que fuimos depositarias de los mismos por pertenecer (activas o no) al movimiento, por ser mujeres oprimidas en una sociedad patriarcal, nos gusten las formas o no, simple. Es cierto también que duele. El macho opresor nos llena de bronca, como buen hijo sano del patriarcado, pero escuchar o leer a una compañera deslegitimando a quienes salen a luchar, por más formas no compartidas que existan, es deprimente. Podemos ser comprensivas porque entendemos las causas, entendemos que así como existen varones educados en un sistema capitalista y misógino, este sistema lo hace también con nosotras, pero a la inversa: enseñándonos a “no ser”. Ahora bien, o rompemos esto o señalamos a quienes salen a la calle por nosotras. De qué lado de la mecha te encontrás a veces es crucial.


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“Las minorías que lucharon por libertad jamás representaron a las masas cuando éstas se encontraban conformes con su opresión. Cuando querés desautorizar la lucha de alguien por libertad diciéndole ´no me representás´, estás hablando de tu falta de capacidad para vivir y pensar por fuera de la lógica representativa” Diego Castelli.
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El odio

El odio es compartido aunque distinto. En el feminismo existe el odio, claro que sí. Cómo no vamos a tenerlo cuando vivimos una vida entera siendo las últimas de la fila, las marginadas y despreciadas, las violentadas y desposeídas. Ahora bien, ese odio tiene esas causas, pero también nos fortalece para salir a decir basta. Somos capaces, por lo tanto, de transformar el odio en lucha. Pero existe otro tipo de odio, que es el que tiene el patriarcado cuando ese “basta” pisa fuerte. ¿Por qué? Porque empezamos a pisarles los talones, porque nos acercamos cada vez más a ser iguales, a que dejen de ser los únicos privilegiados. Eso da miedo, furia, horroriza. ¿Quién está dispuesto, en un capitalismo cruel, a darse por vencido en cuanto a sus privilegios otorgados injustamente? Pocos. En cambio son muchos los que reaccionan con un odio desmedido cuando la mujer avanza.

Particularmente me tocó salir en un medio masivo durante el tetazo, en un informe mal intencionado que, como ya mencionamos anteriormente, priorizan mostrar “incidentes” y nunca porfundizar. Ese informe se viralizó en todas las redes que existen, fue compartido y comentado por miles, se vio en infinitos programas faranduleros, de opinión y noticieros. Fue tal la difusión que la exposición no se hizo esperar. La escena muestra cómo, con una compañera, sacamos a un varón de la escena para que se vaya atrás del cordón y, cuando el notero pregunta por qué lo hacemos respondo “porque está insultando y porque es varón”. Ese varón dijo estar “cuidando a su hermana” y nos preguntó “¿quién va a cuidar a mi hermana? ¿Ustedes?” A lo que todas respondimos en conjunto “si”. Ese varón, al que primero le pedí que se fuera por verlo sonreír ante cada teta que se le presentaba y me recordara a tanto acosador de la calle, se negaba rotundamente a irse y también le pareció bien insultarme por pedírselo. En fin, la cantidad de mensajes, chats, insultos, respuestas, agresiones y acusaciones que recibimos mi compañera y yo por aparecer en ese informe, como así también todas las compañeras que participaron del teteazo, fue desmedida.

“Feminazis de mierda”; “imbéciles ignorantes”; “gorda rancia”; “son incogibles”; “resentida de mierda”; “cómo te falta una pija”; “ojalá te recaguen bien a trompadas”; “antigarchable, menos mal que te hiciste tortillera”; “lo único que necesitan es una buena poronga para calmarse un poco”; “luchen por algo más importante, manga de frígidas”; etc.

Ese, señores, es el odio del macho, ese odio que no aparece en ningún medio, en ninguna publicación de indignados y que no es problematizado por nadie. Porque claro, el odio que vende es el de la mujer empoderada, ese que no tiene derecho a existir. Estuvieron y están visibles, en cada red social, en cada mensaje que nos llega, en entrevistas que realizaron, en los comentarios de esos informes, en los panelistas de la tv. Pero los invisibilizamos, no cuentan. Mostremos mejor a las feminazis rompiendo algo así desacreditamos, así no nos ponemos a hablar de lo verdaderamente importante: la igualdad, los derechos, la violencia machista.

El tetazo

No, no nos juntamos para poder andar en tetas por la vida. Simplificar el tetazo a eso es, por lo menos, ignorante, si es que no es violento. El tetazo fue un reclamo por la autonomía de nuestros cuerpos, esos que se utilizan permanentemente para el goce y el negocio pero que cuando deciden ser lo que nosotras querramos que sean, ofenden. Estuvimos gritando que nuestras tetas no ofenden, no son obscenas, no son genitales. Y si lo son, lo son exclusivamente porque ustedes se encargaron de sexualizarlas cuando no se les dio permiso para hacerlo.

Si nuestro cuerpo es utilizado para venderte una Coca-Cola o una cerveza, si está en un caño bailando para tu goce o en el póster de una revista para tu masturbación, está bien. Si nuestro cuerpo es lo que decidamos que sea: sexualizado o no, conservado o compartido, tapado o mostrado, es ahí donde está mal, es ahí donde es obsceno y siniestro. No jode nuestro cuerpo, jode nuestra decisión de hacer con él lo que nos plazca.

Lo que molesta, amigos, es la igualdad. Es el poder que tenemos de mostrar lo mismo que ustedes, el poder de terminar con la sumisión, es el poder de salir de la casa a la calle. Eso, por consecuencia, hará que tengan que retroceder para que vayamos a la par, e ir a la par significa menos privilegios y eso, atemoriza.

Eso fue, es y será el tetazo y cada reclamo que se le parezca: una lucha sobre autonomía, decisiones y derechos. Una lucha que les dice que no son nuestros dueños y nos hace fuertes. Una lucha que grita que no vamos a pedir más permiso, que acá estamos y éstas somos: libres y soberanas, feministas y luchadoras, mujeres e independientes, somos lo que decidimos ser. Si eso te molesta correte, porque no vamos a retroceder.

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(*) Mientras esta nota era escrita: la policía obligó a una mujer a desnudarse en una plaza de Claypole; una madre está pidiendo justicia por su hija: drogada, violada y a quien no le quisieron recibir la denuncia y luego se suicidó en Catamarca; cuatro adolescentes fueron baleadas en Florencio Varela; un hombre desnudo molió a golpes a una mujer en plena vía pública de Mar del Plata; le pidieron la renuncia a las directoras de la Maternidad Estela de Carlotto, quienes pusieron en práctica el Parto Respetado. Entre otras.



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