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Las empleadas domésticas comparten rasgos comunes en cualquier parte del mundo. En este caso, el periodista Santiago Giorello se topó con una de las tantas marroquies que trabaja en casas españolas hace muchos años, y lo comparte en esta crónica. 



Foto: La izquierda diario

Sandra no habla, grita. Su voz interrumpe el silencio matutino del domingo malagueño, en la mesa de la cocina del tercer piso del hostel. Mientras australianos y alemanes se acuestan después de la gira, ella se sorprende por el mate e inicia un diálogo que durará un par de horas.

-  - ¿Eso es como si fuera un té? –expresa con ojos bien abiertos y la pera sobre el pecho-.
-  - Supongo que si –respondo, mientras me saco los anteojos de lectura-. ¿Se anima a tomar?

Sandra es de Marruecos, trabaja en casas de familia españolas a tiempo completo de lunes a viernes. Su estadía en el viejo continente -¿viejo para quién? El que domina, nomina - no está legitimada por una ciudadanía que le brinde la tranquilidad suficiente para ser. Para un turista el tiempo máximo es de tres meses, para una precarizada eso no es problema, porque su rol en el engranaje capitalista es clave: trabajar para que los otros aumenten el patrimonio a costa de sobrevivir.

Tras quince minutos de mates leímos juntos una nota de Revista Anfibiala cual problematiza historias de sus pares a miles de kilómetros. En un fragmento recita una canción de una marcha porteña de trabajadorxs del sector: 

Hoy cantemos, cantemos con orgullo
Siempre unidos por una causa justa
Defendiendo dignamente los derechos
De los trabajadores del hogar. -

Por momentos Sandra se emociona, por otros se siente interpelada e interrumpe la lectura. “Hay familias que dejan que las empleadas traigan a sus hijas, incluso se encariñan y le dan educación. Otras son más duras, pero las leyes las pone el patrón”, dice. Sábado y domingo los duerme en camas anónimas, mezcladas con turistas de todo el mundo en las habitaciones del hostel más económico de turno.

Un pañuelo de azules y blancos envuelve la cabeza y alimenta estereotipos, tanto que un día la marcó. Se perdió por Málaga y quiso preguntar hacia donde debía ir para llegar a una nueva casa de trabajo. Una mujer la miró de reojo y continuó su paso: “no, no tengo monedas”, le dijo sin siquiera dejarla preguntar. 

Sandra me recuerda a los olores y tactos de mi abuela, tal vez por sus manos corrugadas, que equivalen a varias décadas, aunque apenas pasa los 30 años. Será que las edades son construcciones, y tal vez equiparamos a personas en número pero no en lucha de vida. Digo, 30 años en publicidades del orden de lo estético no son lo mismo que los de Sandra, quién hace 15 trabaja en casas de gente mejor que ella, sin un Estado que reconozca los derechos básicos.

A Sandra algunxs jefxs le reprochan porque falta una banana o una pera en las extensas lacenas. “La mayoría de las frutas se pudren y las tiro, pero no las puedo comer. Por eso a veces como uvas, es más difícil de contabilizar”, esgrime entre risas de indignación. 

No hace falta que haya estudiado la teoría del ejército de reserva en escuelas o universidades, Sandra la explica desde la práctica: “luego de cuatro años de trabajar para una familia judía en un barrio de las afueras de la ciudad, les pedí que me den un aumento y vacaciones en las fiestas. No sólo me ningunearon, sino que me amenazaron, que es un trabajo privilegiado con calefacción, y que detrás de mí hay muchas personas que lo quieren”. 

Sandra volverá el lunes a trabajar en una casona con vista panorámica a la ciudad. Cuenta que está afixiada. Su trayecto es cocina – tendedero - cuarto de limpieza – habitación de residente. Cierra el puño, mastica bronca y trata de olvidar por un momento esa cotidianeidad.

Ella se ve intrigada por una obra musulmana que la ocupará parte del domingo. Antes me pide la computadora para pasar las fotos del celular a un pen drive. Se levanta y guarda sus cosas en su cartera.


-  - Gracias por el tiempo, y perdón si te molesté. Es que paso muchos días sin hablar con nadie.

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