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El nombre del pueblo es anecdótico, por cuanto hace referencia a una familia tradicional, descendiente de italianos que habitaban estas tierras y oficiaron de fundadores


El Garín, inalterable en las formas, los recuerdos y el trato de los descendientes de inmigrantes

Por Gabriel Brito


Con sorpresa conocí otros nombres, otras quintas de aquellos inmigrantes italianos, quienes hace décadas hacían que el paisaje fuera muy distinto a lo que observamos hoy, la zona se destacaba por la variedad de flores que sus habitantes dedicados a la floricultura, cuidaban día a día.


Así conocí a Elena Cilento, descendiente de inmigrantes de Potenza y Calabria, quien muy gentilmente accedió a la entrevista, ya en su casa, donde se sigue la tradición familiar tiene variedad de flores en su jardín, comienza a responder mis preguntas, con las cuales de a poco nos transportamos en el tiempo. Comenzamos un dialogo que podría ser interminable.


Cuando le pregunté por su abuelo José Cilento, respondió: “junto a Garín, Rojo y Cabot, fueron los primeros en llegar al lugar, su principal actividad era la floricultura. Vivían de su trabajo y lo producido por la tierra, tenían su propia granja, su vid y en la quinta además se producían verduras y hortalizas; en aquellas épocas recolectaban la uva y hacíamos vino patero, los tomates se envasaban en botellas de sidra y las batatas se cosechaban, hacíamos una pila en forma de pirámide y la tapábamos con chapas para que no se echaran a perder”.


La abuela le pidió a su nieta que sirva café y continuó: “teníamos una cocina a leña, donde la tradición familiar obligaba a cocinar pastas los domingos, con el humo de la cocina se ahumaban los chorizos y carne de cerdo, que después guardábamos en el sótano, junto al vino, los dulces de manzana, ciruelas y los tomates envasados”.


Le pregunte por objetos y rápidamente señala la calle: “esa que ve al frente es la casa de mi abuelo, allí puede ver la parra, el molino de agua, la calle lleva su nombre, José Cilento”.


Sobre su infancia recordó: “siempre ayudaba a las tareas de la quinta y la casa, asistí a la escuela N° 13 donde cursé mis estudios primarios, de joven comencé a trabajar en la fábrica Silvapen, donde etiquetaba las fibras, caminaba hasta el borde de la ex ruta 9, donde vi como de apoco se construía la Panamericana”.

  
De joven contrajo matrimonio; su esposo trabajó “en la Ford”, es Mama de dos hijos, con orgullo dice: “mi hija es secretaria ejecutiva y mi hijo en la actualidad es concejal, a mí me daba miedo la política, nunca me gusto, siempre simpaticé con el radicalismo, Illia, Balbín y Alfonsín, gente muy honesta”. Por esas cuestiones de la vida, su hijo hoy milita y representa al Justicialismo en el Concejo Deliberante de la municipalidad de Escobar.


¿Cómo era la fisonomía del barrio?: “Acá había siempre barro y pozos, me costaba hacer el trayecto hasta Silvapen, nunca creí que se hiciera realidad ver pasar colectivos por cerca de mi casa”, actualmente llegan hasta el barrio las líneas 437 y 228.


Mientras insistió para servir otro café, le pregunté sobre la inseguridad y el narcotráfico: “la droga hace que los jóvenes se maten, la policía prefiere que entre ellos se arreglen, si bien en la actualidad hay algunos presos, recuerdo que en algunos enfrentamientos murieron dos o tres”.


Sobre el lugar donde viven en forma precaria algunos habitantes del barrio nos decía: “esa parte pertenecía a la quinta de Rojo, en la época de la dictadura vinieron camiones del ejército y trajeron a varias familias que ocuparon algunos terrenos, venían de La Cava, años más tarde comenzaron a venderse algunos terrenos que compraba gente de la zona y varias familias de inmigrantes bolivianos y paraguayos”.


Le agradecí su atención y a modo de despedida me dice: “El que quiere puede”. Así terminaba nuestra conversación con esta vecina, se siente orgullosa, sabe que su relato nos acerca a los últimos años de historia, la que vivimos, la que con personas como ella podemos construir nosotros mismos.

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