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Es cierto que la capital italiana sorprende por sus obras históricas, pero una alternativa es conocer sus parques, que mezclan monumentos con naturaleza e historias cotidianas cargadas de sentidos... reflejados en esta crónica.

Villa Borghese


Era un desconocido más en la ciudad de los desconocidos ilustres
García Márquez, en "Buen viaje, señor presidente"


Es domingo y un colectivo me subió sin decirme su destino. El 490 pasó debajo de un puente y emergió en un verde que oxigena el cemento italiano. En la última fila un napolitano macanudo, me mostró un informe en el matutino que refiere a la concentración de casas en su ciudad. Una tensión histórica entre la preservación ambiental y los derechos de vivienda.

Bajé en la Villa Borghese de 2016, donde los niños son Volver al Futuro: un deslizador con dos ruedas emula el ruido de enjambre de abejas. Un banco de plaza de pueblo me espera.

El gran parque, mediado por la tecnología. Una familia bien se entretiene con una lanchita a control remoto sobre un lago artificial. Un niño -jamás menor-  se arquea ante la emoción de su juguete acuático. El padre –con lentes y campera de cuerina- levanta la lanchita y la da vuelta, desagota lo escurrido entre los plásticos.  La madre mira pasivamente, con sonrisa de ocasión. Un grupo de jóvenes canta Oasis y le da calidez a la escena. Suena Wonderwall. Su significado no ha sido consensuado, aunque su letra intente:

"Hay muchas cosas que me gustarían decirte, pero no sé cómo. 
Porque tal vez, vas a ser la única que me salve
Después de todo, eres mi maravilloso apoyo"


Lago Giovanni Nicolini

Un veinteañero de tez oriental se sienta a mi lado, lo noto tenso. Lo llamaré Silvio, quien mira de reojo a mis espaldas cada diez segundos. Silvio porta una bolsa de nylon con una muda de ropa, realiza un movimiento sospechoso sobre su cintura, cual vaquero texano en un bar. Se levanta y se va.

Pasan treinta segundos... o cinco minutos, y vuelve. Prende un cigarrillo. Baterias de prejuicios mediáticos me invaden. El territorio lejano permite mayores libertades que en calles caminadas, aunque a veces se peca de ingenuo. Silvio insiste, pone la mirada fija sobre algo o alguien detrás de mí, aunque no diviso porque haría evidente mi interés.

Silvio cruza las piernas, somos dos. Se pone de pie y busca un cómplice, reposado sobre el mármol que abraza una fuente. Espalda con espalda hablan idioma desconocido. Del lado opuesto una pareja se abraza cual Titanic en la proa. Los perros pasean atados, se parecen a sus dueños.

Silvio corre, lo espera el bondi sobre la Avenida. Desaparece.


Emprendo una caminata de media hora. Confluyen caminantes, atletas, policías, vendedores y turistas. Un lago deslumbra, incentivo de parejas. Me ofrezco a sacar una imagen a dos españoles enamorades, pero me agradecen. La idea de estos dispositivos parece ser el no diálogo, aunque una vez en Ecuador una familia me regaló una foto tomada con la Polaroid, sobre una vista placentera del Pacífico.

Los que si hablan son los profesionales que retratan a nuevas uniones civiles vestidas de azul y de blanco. Los olores me recuerdan al bosque platense, y la imagen del lago a los cisnes de Necochea. Exageran monumentos de militares que ganaron, en sus escaleras algunas chicas leen y escriben. Por ahí se filtra algún pensador inmortalizado, como el alemán Goethe, uno de los mejores poetas del movimiento romanticista. Decía algo así como que una vida sin propósitos es una muerte prematura.

Faltaban las bicicletas, velozmente deslizadas por pibes en una pendiente. Cada tanto irrumpen en la escena garitas de alimentos coloreadamente publicitados. Frente a hamacas y toboganes, un stand de juguetes pequeños altera mis sentidos con una metralleta de medio metro que aún no fue comprada.

Concluyo en una avenida. Le tomo una foto a un jubilado que juega al sodoku, solitario en un radio de cien metros. Pero no estábamos sólos: tenía a Silvio sobre mis espaldas. Torpemente se sintió interpelado ante mi mirada.  Se dio vuelta y se esfumó entre los verdes, como me perdí luego en Piazza Venezia con cientos de transeúntes... justo en el momento que la lluvia aturdió la tarde del otoño romano. 


Santiago Giorello


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