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El parque cerró sus puertas al público, con el objeto de comenzar a preparar su transformación en un ecoparque. Pero antes, un último recorrido se entremezcla con las problemáticas que enfrenta la institución desde 2012 a la fecha. Tomate diez minutos y lee este informe especial 



Por Amilcar Lennon

El zoológico de Buenos Aires, ubicado en el barrio que antiguamente era conocido como “Palermo viejo”, entre las calles República de la India y las avenidas Sarmiento, Las Heras y Del Libertador, es una gran jaula que contiene dentro de sí al animal más peligroso de todos: la ciega ambición del ser humano, que no reconoce obstáculos ni argumentos. Pero el parque no tiene techo. Y, de noche, la ambición vuela. Aunque suele volver todas las mañanas.

Pasando la estatua que recibe a los visitantes de Eduardo Ladislao Holmberg, primer director del parque, se abre un lago artificial de agua verdosa, con chorros que hacen un ruido como si se tratase de los motores que mueven al mundo. Apenas las personas se acercan a la orilla del falso lago, un cardumen de carpas negras y naranjas sacan su cabeza del agua y abren sus bocas. Alternan hábitat con los peces unos patos de plumaje negro verdoso y picos rojos. Cada tanto, pequeños roedores que responden al nombre de nutrias se acercan a comer a la orilla. Del otro lado del lago, lejos del ser humano –tal vez el más peligroso de todos los animales–, los flamencos, ese pueblo de aves rosadas inmortalizado por Horacio Quiroga en su cuento Las medias de los flamencos, parecen debatir en asamblea o reunión de consorcio.

El zoológico porteño fue privatizado en 1991. Desde ese momento y hasta hace unos días, la concesión del predio se encontraba en manos de una empresa llamada Jardín Zoológico SA. Según una nota de Werner Pertot, publicada en Página 12 el 6 de agosto de 2013, “en 2008, la Auditoría General de la Ciudad había hecho un informe que detallaba las pésimas condiciones en las que el concesionario tenía el lugar”. El informe detallaba la pérdida de 100 especies, además de la inescondible falta de mantenimiento. No obstante, en 2012, el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, bajo la segunda gestión de Mauricio Macri como jefe de gobierno, le renovó la concesión a la empresa hasta el 2017. Según el legislador del Partido Socialista Auténtico, Adrián Camps, “en la mayoría de las ciudades del mundo, los zoológicos son estatales”.
 Llegando los monos
El primer animal enjaulado que debería saltar a la vista del visitante, el Agutí, brilla por su ausencia. Tan solo se puede obtener de él su nombre, plasmado en el cartel indicador de la jaula desierta. Varios pavos reales se pasean por el parque, en solitario, como panchos por su casa. Uno de ellos descansa sobre el techo de las jaulas de los monos sudamericanos. La mayoría de las jaulas que contienen a estos animales tienen formas de casas diminutas y circulares. Las rodea una reja, también diminuta, también circular. Después de ver varias jaulas vacías, se pueden apreciar a un grupo de monos tití de penacho blanco –esos que parecen Larry de Los tres chiflados, en versión primate–, amuchados en una misma jaula. Los adultos de esta especie no superan el tamaño de una rata de tamaño generoso. Uno lleva colgando una cría, pequeñita como laucha de laboratorio.

En la jaula contígua, demasiado pequeña para su cuerpo, un mono marimonda trepa las rejas utilizando sus patas. Utiliza su cola como herramienta, como una pata más, para sacarla entre las rejas y tomar una unidad de alimento balanceado que le ofrece un niño. Tiene el tamaño de cinco monos titís de penacho blanco,  y el torso y las patas, largas y estilizadas. La piel de este ejemplar es negra como el alma de una noche sin estrellas, y su mirada de ojos celestes expresa abatimiento y desolación infinitas. Al abandonar las jaulas de primates sudamericanos, se cruzan en el camino varias maras –no confundir con las pandillas criminales latinoamericanas–, también llamadas liebres patagónicas gigantes.



Patagonia, rapiña y caranchos

El año pasado, dos de estos animales se escaparon del zoológico porteño. Una fue hallada en el jardín botánico y pudo ser recuperada. La otra no tuvo mejor suerte. Un ciudadano la quiso agarrar, se asustó, cruzó la calle y murió atropellada, según una nota del diario Clarín del 3 de noviembre de 2015. La mara o liebre patagónica es uno de los roedores más grandes del mundo y solo vive en Argentina. El zoológico de Buenos Aires posee una población de 250 maras que andan sueltas por el parque, al igual que los pavos reales, las nutrias y los patos.

En la jaula denominada “aves de rapiña”, el imaginario crea míticas visiones de águilas y halcones, rasantes y luminosos en pleno vuelo. En cambio, lo que se ve en este sector son caranchos, buitres y chimangos. Las aves –hay más de 10 a la vista- se encuentran apiñadas en una jaula cuadra, del tamaño de una habitación pequeña. El techo es muy bajo. No obstante, un carancho toma sol, una pata adelante y otra atrás, sacando pecho, la vista altiva, imperante, entre los cuatro o cinco buitres que se dejan ver. Si lo vieran Ricardo Darín y Pablo Trapero. Debajo, sobre un plano más terrenal, un aguilucho juega a las escondidas en una maceta vacía. Los visitantes no se detienen demasiado tiempo en esta jaula. Tal vez tenga que ver el viejo refrán de “no gastar pólvora en chimango”.

Ayer, el actual Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires anunció la transformación del predio en un ecoparque. Para ello, se rescindió el contrato con la empresa Jardín Zoológico S.A., que tenía la concesión hasta 2017, y se estatizó el lugar. Horacio Rodríguez Larreta fue contundente al subrayar que “todo el personal” iba a ser “absorbido por el Estado”.  Según una nota del diario La Nación, el concesionario no paga el canon mensual -1.010.000 pesos- “desde principio de año” y eso fue “determinante para decretar la finalización del contrato”.

Escapismos

Otra vez han juntado varios animales en fragmentaciones de una jaula circular, que parece una casa diminuta y precaria. Un zorrino, un coatí y un par de gatos monteses. El zoológico empieza a poblarse lentamente. Una pareja con un chico se acerca a la jaula circular. Los gatos monteses, negros, pequeños, inquietos, se quejan y no dejan de moverse en el reducido espacio que les han otorgado. “Estos agarraron cuatro gatos normales y los metieron en una jaula”, dice el joven de la pareja que se acercó a la jaula con un chico. Se parece a una versión de 40 años del actor Martín Piroyanski venido a menos, el joven. El coatí misionero, dorado y de cola anillada, también se mueve frenéticamente. Y también el zorrino, que solo interrumpe su carrera para agarrarse de las rejas de la jaula y pegar el hocico a los barrotes, como si así pudiese tirarla abajo.

El año pasado, más de 30 animales se escaparon de un zoológico en Tiflis, la capital de Georgia, tras una gran inundación. Durante la catástrofe, en la cual murieron 12 personas y desaparecieron 24, los trabajadores del zoo del país vecino de Rusia –y ex miembro de la Unión Soviética– contaron, entre las fieras que habían quedado en libertad: “13 lobos, siete osos, seis tigres y otros tantos leones, varias hienas, linces y una pantera”, según una nota del diario La Nación. Vecinos del barrio Nutsubitse aseguraron haber visto “una pantera negra” cerca de sus viviendas. Además, las cámaras de televisión del canal local Imedi filmaron a un hipopótamo mientras era sedado en pleno centro de la Ciudad. No obstante, las fuerzas especiales del Ministerio del Interior georgiano terminaron con la pesadilla. Entre sus actos heroicos y llenos de orgullo puede contarse el asesinato de seis lobos, “hallados en el área de un hospital infantil”.

Y con ustedes, señoras y señores, el animal más horrible del mundo: el tapir. Es como si los dioses –o el azar y la adaptación evolutiva– hubiesen mezclado un jabalí, un caballo y un elefante. El resultado es una versión animal de Igor, el ayudante del joven Frankenstein de Mel Brooks, que se empeña en lamer infinitamente un tronco árbol seco. La pequeña pileta que colocaron en su jaula, también pequeña, está vacía. Bordeando la jaula del animal más horrible del mundo, otra jaula, más espesa, con más verde, promete un Aguará-Guazú, mejor conocido como “zorro rojo gigante”. Pero el animal no aparece por ningún lado. Pegado en los barrotes de la jaula, como mofándose de todos los visitantes y de las caras de decepción de los niños, un cartel reza: “¡Cuidado! Estos animales muerden”.


Razones para el cambio

El año pasado murieron dos lobos marinos en el zoo porteño. Según contó Matías Trufero, activista de la agrupación SinZoo a Télam, esto ocurrió luego de que, en el acuario del predio, “ se realizaran 15 espectáculos seguidos con lobos marinos, cuando lo normal es que se realicen sólo tres". Trufero explicó que el veterinario no atendió a uno de los animales, que estaba descompuesto, y que el otro murió por haber sido sobrealimentado. Según el activista, los responsables de este hecho son: “Daniel Seery, concesionario del Zoo y subconcesionario del Acuario; el veterinario Gabriel Aguado, director del Zoo, y Juan Carlos Villalonga, titular de la Agencia de Protección Ambiental (APRA)”. Por último, Trufero mencionó La ley 1446, sancionada por la Legislatura porteña en el 2004 y vigente desde el 2006,  y remarcó que dicha normativa "indica claramente que se prohíbe en el ámbito de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires el funcionamiento de circos y espectáculos circenses en los que intervengan animales, cualquiera sea su especie".

Cerca del espacio en donde descansan los bisontes, marrones y descomunales, empieza a crecer un fuerte olor a alimento balanceado. Enfrente, las yamas corren, gritan y dan violentas patadas al aire. En el corral/jaula de al lado,  uno de los camellos, también gigantes, también marrones, con las cabezas llenas de pasto y bosta verde, la primera de las jorobas doblada hacia un costado y –tal vez– el cuello excesivamente largo, le exige comida a los visitantes. El otro, bosteza varias veces, y tiende más bien a rascarse la cabeza contra los barrotes horizontales, también gigantes, del corral/jaula. Mientras tanto, por fuera de los corrales jaulas, los mismos chicos y grandes que brindan su alimento a los camellos, intentan agarrar a las maras, patos y pavos reales que se cruzan en sus caminos. Con el olor a alimento balanceado y a desechos animales se mezcla también, cerca del mediodía, un delicioso olor a hamburguesas. Los visitantes del zoo no parecen encontrar extraño que, dentro del predio donde se exhiben animales, haya puestos que venden comida hecha con carne de animales.

El 24 de diciembre de 2012 murió el último oso polar del zoológico de Buenos Aires. Según la agencia Télam, esa noche hubo una sensación térmica “cercana a los 50 grados”. Pablo Redner, miembro del Consejo Profesional de Veterinarios, destacó que, para un oso polar "cuyo hábitat natural son las temperaturas bajas y que en cautiverio puede tolerar hasta 10 ó 20 grados, se deberían haber previsto cuidados especiales". Por su parte, Adrián Camps expresó su deseo de que el incidente sirviese de “antecedente” para que la Ciudad de Buenos Aires tomara “conciencia” y no volviese a tener osos polares.

Al llegar a la jaula de los monos cayará, un espectáculo shockeante. Uno de estos pequeños primates de piel dorada y caras negras, en una jaulita apenas unos metros más grande que ellos, sentado, sostiene a un compañero. El otro yace al sol, acostado sobre su espalda, los ojos cerrados, brazos y piernas elevadas, en típica tensión del rigor mortis. Otra vez se acerca a la jaula el trío conformado por la mujer, el chico y el joven que parece una versión de 40 años del actor Martín Piroyanksi venido a menos. “Mirá, el monito está tomando sol… o muerto”, dice, preocupado, el joven que parece una versión de 40 años del actor Martín Piroyanksi venido a menos, y señala el espectáculo con el dedo índice de la mano izquierda, las facciones duras. Pero un griterío, unos metros al noroeste, distrae la atención de los espectadores, y el primate que se presumía muerto abre los ojos, baja los miembros, gira la cabeza, cambia de posición. Como si solo hubiese sido una distracción.

Evolución de las especies e involución del ser humano

El pequeño grupo de visitantes sigue la procedencia del griterío y llega a una jaula, que tendrá el largo del pasillo de una casa P.H. y tres veces su ancho, en la cual, una vez más, el personal del zoológico ha amontonado a un montón de ejemplares de monos papiones sagrados, una especie de primates corpulentos, de pelo largo dorado, y caras y traseros rosados. La escena que presencian los visitantes tiene un dejo del principio de la película 2001: a space oddisey, de Stanley Kubrick.

Hay monos que despiojan a sus compañeros. Otros sacan las manos a través de los agujeros de la jaula y piden comida. Un grupo, reducido, le hace bulling a un pequeño ejemplar. El pequeño corre junto a su madre, que lo toma y lo protege del grupo reducido. Uno de los monos más grandes, probablemente un macho alfa, avanza hacia una plataforma de maderas colgantes, agarrándose del techo de la jaula con sus cuatro patas y su cola. Al aterrizar en la plataforma, llama a los gritos a un compañero más pequeño, y ambos se trenzan en un encarnizado combate. La gente, afuera de la jaula, ríe y aplaude.

El 9 de junio del corriente año, la Asociación de Funcionarios y Abogados por los Derechos de los Animales presentó una denuncia penal contra las autoridades del Jardín Zoológico y el gobierno porteño. La causa: "Posible comisión del delito de crueldad animal contra las tres elefantas que son expuestas en ese paseo del barrio de Palermo”, según una nota de Télam. Los abogados de la institución declararon que una de las elefantas “presentaría comportamientos que evidencian una palpable situación de afección física y psicológica que atenta contra el bienestar del animal”. Y agregaron que el lugar en el cual habitan no fue diseñado para tener ningún elefante, “mucho menos a tres juntos y de diversas especies (asiáticos y africanos)”.

Cuando la ternura funciona como camuflaje

Al acercarse la gente, que ya comienza a ser una muchedumbre, a la jaula de los ciervos “bambis”, aumenta la cantidad de suspiros. El enrejado de esta jaula, amplia como el patio de una escuela primaria, pero atestado de ciervos, tiene un agujero por el cual los ciervos marrones con pintitas blancas en sus lomos sacan la cabeza, y la gente puede darles de comer en la boca y acariciarlos. La suavidad de sus pelambres es incomparable. Genera el deseo de querer loopear el acto, repetirlo ad infinitum.

            El zoológico de Mendoza tomó también la decisión de convertirse en un ecoparque, al igual que el de Buenos Aires. El predio cerró sus puertas al público el mes pasado. Por su parte, la Secretaría de Ambiente y Ordenamiento Territorial de esta provincia informó a la agencia Télam que el zoo mendocino “mantendrá sus puertas cerradas por tiempo indefinido, hasta tanto se logre asegurar estándares mínimos adecuados para el bienestar y manejo de los animales”. El parque debe reubicar 1500 animales, entre los que se encuentra el único oso polar de la Argentina, que presenta un “deteriorado estado de salud”. La gota que rebalsó el vaso fue la muerte de 15 ejemplares de ciervo, por deterioro de las condiciones ambientales de su habitáculo, en mayo del corriente año. 

            En una jaula pegada a la de los “bambis” del zoo porteño, habita el albino ciervo dama. A diferencia de la otra especie, el ciervo dama tiene cuernos. En el cartel explicativo pegado a las rejas, el personal del zoo ha colocado la siguiente leyenda: “Una dama problemática”. Una joven lanza un bufido de desaprobación y fastidio al leer el cartel. “¡ODIO que le pongan ´una dama problemática´!”, dice, para sí, para nadie. Y pasando la jaula de los ciervos dama, en una jaula/corral de extensiones parecidas, han mezclado pequeñas avestruces y algunas vicuñas. Una de estas últimas alarga el cuello debajo de un barrote grueso para tratar de alcanzar la comida que le tiran los chicos. Se ayuda sacando también una pata. Parece como si quisiera escapar.

            También el zoo de La Plata avanza hacia la transformación en un bioparque. Según una nota publicada en Mayo en el portal AN Digital, el intendente de la capital bonaerense, Julio Garró, firmó “un convenio con el CONICET para trabajar juntos en la “transformación” del predio. La idea es crear un laboratorio que permita “hacer un seguimiento y un trabajo puntual con los animales”. De esta manera, se podrá evaluar el mejor modo para “empezar a devolverlos a su hábitat”.

Un mono triste, cóndor secreto y el cocodrilo que Fantino nunca conoció   

En un charco de poco diámetro empantanado se supone que se encuentra el cocodrillo. Una capa de pequeñas hojas verdes cubre el agua. Hay nenes que señalan un tronco, parecido a los otros que flotan inertes en el agua, igual de inerte. Pero la corteza gruesa y violenta de este último es distinta a la de los demás, y da cuenta de la realidad: es el cocodrilo, con la cola y la cabeza sumergidas bajo el agua. Un poco más lejana –más preceisamente, en el punto más separado de la entrada del zoo, sobre Avenida Del Libertador y Sarmiento–, se encuentra la prisión de los mandriles. O, mejor dicho, del mandril, único ejemplar de su especie a la vista. Se encuentra sobre un espacio de tierra con troncos, que termina en un foso. En vez de rejas, hay vidrios que lo separan de los seres humanos. El mono de trasero rosado que se ha pintado la cara con rayas guerreras azules y que debería tener cara de pocos amigos, no tiene cara de pocos amigos. Se mueve lentamente, con la cabeza baja y la mirada perdida. Uno de los vidrios está agrietado, como si lo hubiesen golpeado con una furia despiadada.

Y si hablamos de jaulas pequeñas, la del cóndor se queda chica. Una estructura de piedras, que no tendrá más de cinco metros de alto, rodeada por una reja circular. Los nenes vuelven a decepcionarse: el cóndor no aparece por ningún lado. Cuesta distinguirlo, cabizbajo y melancólico, encorvado, en un hueco de las piedras, de espaldas al público.

Inteligencia, dientes y otra muerte

El orangután es terroríficamente parecido a los seres humanos. Con el brazo derecho y la palma de la mano extendida hacia adelante, dobla lentamente los dedos hacia adentro, una y otra vez. La comida que le arrojan cae cerca de sus pies. La toma con dos dedos largos y elegantes de su mano izquierda y la lleva a su boca con una elegancia que ni el príncipe de Gales. Dos adolescentes que pasan se mofan: “Parece un camionero cualquiera”.

Unos metros más lejos se encuentra el espacio que deben compartir, inexplicablemente, las jirafas y los avestruces. Hay un ejemplar mucho más pequeño, probablemente una cría, que corretea en el fondo del espacio, cerca de la calle Sarmiento. Una de las jirafas se acerca al público y su cuello, larguísimo, cruza la baranda.
            En octubre del año pasado murió una cría de jirafa en el zoo porteño, probablemente la melliza de la que corre tan alegremente dentro de la jaula/corral. Este hecho se dio en el marco de un reclamo por parte de los trabajadores de la empresa que, además de mejoras salariales y presupuesto para infraestructura en instalaciones, exigían mejor calidad de vida de los animales, según una nota publicada por Télam. El legislador porteño Adrián Camps responsabilizó al gobierno de la Ciudad por esta muerte.

            Un ruido perteneciente a una bestia del inframundo hace temblar el zoo. La dirección del sonido gutural y aterrador proviene de una especie de jaula, con un pequeñísimo pozo de agua estancada y verde. Una pequeña muchedumbre llama la atención sobre un detalle. La parte superior de la boca abierta, estática y particularmente redonda del hipopótamo sobresale del agua, muy cerca de la baranda protectora. Los nenes juegan a arrojar comida adentro –muy pocos aciertan–, en ese otro pozo rosado que contrasta con el gris del exterior y con los cuatro dientes gigantes, circulares y amarillentos.

Sorpresa de Shangai

En el camino que se aleja de los hipopótamos aparece, como quién no quiere la cosa, el habitáculo del oso panda rojo, que parece un mapache grande y estilizado, rojizo, fusionado con algúna exótica especie de felinos –lo que sea menos un oso, y menos un panda–. Una parcela cuadrada de tierra y pasto, protegida por vidrios y, en el centro, una gran casa de estilo arquitectónico de la antigua China. Y en una de sus ventanas, acurrucado y amodorrado, hecho un ovillo, el “panda” rojo. En comparación con el poco espacio que le han concedido a otros animales, la extensión donde habita este animal es desmesurada y absolutamente desproporcionada.

            En China llevaron la idea de los eco/bioparques al extremo. En el zoo Lehe Luedu, en la ciudad de Chongging, osos, tigres y leones recorren el parque en libertad, mientras que los humanos lo hacen en una especie de jaula rodante, según una nota publicada por La Nación en marzo del corriente año. "Queríamos dar a nuestros visitantes la emoción de ser acosados por los grandes felinos, pero sin ninguno de los riesgos", explicó Chan Liang, vocero de la institución.

            En comparación, los felinos del zoo porteño quizás sean los animales que más resienten la falta de espacio. Mientras que la chita, el leopardo de las nieves y la pantera negra se bañan en el punto más alto de las construcciones rocosas que les han puesto a sus jaulas, sin importarles el público ni nada, el gran tigre blanco se pasea nervioso en su pequeña pecera de aire, soltando cada tanto rugidos que podrían interpretarse como de disconformidad.

Al único de ellos al cual se han dignado concederle algo más de espacio es al rey de la selva y a su cónyuge. Ellos se encuentran separados, en una jaula aparte, construida con rocas cuadras grises, que tiene un foso también. Abstraído de todo, el rey toma sol despatarrado, confundido con el pasto, sin importarle –al menos en apariencia– los gritos de emoción, agudos y estridentes, de los nenes al descubrirlo.

Just a perfect day…

 …feed animals in the zoo”, dice la canción de Lou Reed. Alguien se queja de la explotación de los ponis y de los mateos con los caballos en la puerta del parque. “El elefante y el mono negro de ojos celestes me miraban, como si me quisieran decir algo”, le comenta una adolescente, triste, a su amiga. Al cruzar la calle Sarmiento e ingresar a plaza Italia, un esténcil en blanco pintado sobre la rampa de la vereda recibe a los visitantes: “Fuera Zoo”.  En unos días el zoológico cerrará finalmente sus puertas al público y comenzará el proceso de transformación en un ecoparque.


Los animales serán trasladados a santuarios y reservas, a lo largo de todo el país. Por suerte, no se llegó al punto de tener que abrir las jaulas, como proponía la película 12 Monos. Pero estuvimos cerca. Con todo, hay que ver el Gobierno de la Ciudad cumpla con el traslado seguro de los animales y con todo lo que prometió. Por las dudas, el Giussepe Garibaldi verde que está petrificado sobre su caballo y vigila el barrio de Palermo Viejo desde las alturas y desde el centro de la Plaza Italia, ha desenvainado su espada.

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