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La serie que se emitió en la TV Pública, plantea un entramado de negocios entre la policía, jueces, personas privadas de la libertad y otras esferas de poder cómplice. Visibilizar es necesario para no naturalizar y poner el tema sobre la mesa. 


Por Santiago Giorello

Borges es el apodo de la cabeza que maneja una asociación ilícita en la ex cárcel de Caceros dirigida por el actor Gerardo Romano, que oficia de estereotipo de funcionario corrupto. Del otro bando, en la villa del patio de la institución carcelaria, se encuentra el grupo de la Sub 21, en permanente tensión con "los de adentro". Hasta ahí llega Juan Minujín, ex policía que debe encontrar a la hija de un juez a cambio de su libertad. 

La serie "El Marginal" de la TV Pública terminó el domingo pasado y motivó críticas por su buena calidad y enfoque, no debe quedarse en la mera estigmatización de los sectores populares. No sólo corre droga, violencia, sangre y delito en la Villa 31. Hay trabajadoras y trabajadores que son víctimas de un negocio que se agiganta.

"Estamos por llegar a casi 40 mil personas privadas de la libertad en la provincia de Buenos Aires, el aumento en el Siglo XXI es exponencial", dijo Roberto Cipriano, titular del Comité Contra la Tortura, el cual denuncia hace años las distintas vulneraciones de derechos en los centros carcelarios de la provincia más poblada del país. Su trabajo, junto a otros profesionales, se desarrolla en la Comisión Provincial por la Memoria -ubicado en la ciudad de La Plata-.


Todos los años realizan informes donde producen datos cualitativos y cuantitativos de lo que sucede en las cárceles. Se trata de dar voz a las denuncias de quienes están dentro de los muros con o sin sentencia firme. Una forma de investigar como parte del Estado, desnudando redes en un negocio que lucra cada vez más, por la estructura que demanda. Represiones, homofobia, chivo expiatorio, torturas, hacinamientos, muertes, abusos y corrupción son las palabras más nombradas.  

Las conclusiones plantean que desde la última dictadura cívico militar, las estructuras de poder del ámbito de la "seguridad", siguen intactas en tanto prácticas inhumanas. Sin embargo, las grandes empresas mediáticas (Ver) ponen el foco en la protección a la propiedad privada, en obturar las complejidades detrás de los delitos mínimos o graves. Por momentos cierran la discusión en debates de hace décadas como el ojo por ojo y la mano dura, cuando -en términos de Walsh- existió "una miseria planificada" que generó nuevos contextos. Detrás de esos discursos, al poder le interesa tener más personas encerradas, las cuales en su mayoría son pobres, con escasas posibilidades de afrontar coberturas sociales con derechos elementales cubiertos. 

Por eso la serie televisiva es clave para poner el foco en las formas de exclusión que se producen en nuestra sociedad. A quienes se centra como enemigos (Se nomina "menor" en vez de "niño", "delincuente", cuando no existió proceso judicial), donde están los demonizados, cuales son las vestimentas del deber ser, que hay detrás de la idea de generar más policías como solución. Porque el Marginal de la calle no es, sino que está producido, creado, apuntado y vigilado. 



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