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Desde nuestras páginas, convocamos al filósofo, escritor y docente en la Universidad Nacional de Rosario, Manuel Quaranta, a efectuar una reflexión que aquí publicamos, sobre los vínculos afectivos a partir de la irrupción de Internet en la vida moderna

                               "Despreciar per se las nuevas tecnologías o modos de relación resulta un anacronismo"


Nadie sabe, a ciencia cierta, qué es el amor.


Nadie sabe y, sin embargo, todos quieren, desesperadamente, amar y ser amados. A cualquier precio  –¿amar sin que nos amen?;  ¿que nos amen sin amar?–. Incluso, a veces, a costa del mismo amor, un concepto –un sentimiento– que fue mutando con el correr del tiempo.


En un principio, la filosofía se encargó de encomiarlo y distinguirlo como el Dios que nos guiaba hacia la contemplación de la Belleza; después, el amor a otro Dios se transformó en la obsesión de generaciones;  más tarde, la unión amorosa se plasmó mediante un contrato demasiado ligado al interés comercial; por último, en la segunda mitad del siglo XVIII, con una burguesía relajada por la instalación definitiva del capitalismo, surgió la noción de amor tal cual la conocemos hoy: el encuentro inesperado  (se escucha  a los amantes repasar con fruición el momento crucial –una fiesta, una graduación–, quieren retener  los detalles del primer acercamiento, del primer beso; a veces hasta llegan a coquetear con la idea de los posibles obstáculos que podrían haber tenido lugar –“casi no voy”–).


Lo imprevisible y contingente juegan un papel determinante en  nuestra concepción del amor. Pero ¿qué sucede cuando se pone al servicio del amor toda una maquinaria?


Existen en la actualidad diferentes portales que brindan un servicio: conseguir pareja, o sea, forzar el encuentro. A tal fin proponen motores de búsqueda que van conectado a gente según sus afinidades. En este sentido, la acción se centra en un objetivo: eliminar el azar. Pero por sobre cualquier crítica se destaca que estos sitios promueven una práctica que podríamos denominar  coaching amoroso (Alan Badiou dixit), es decir, buscan eliminar el riesgo de la situación, toda posible angustia, en una palabra la negatividad; su propuesta es pura positividad, típica de la sociedad neoliberal en su vano intento por conjurar la muerte; dos ejemplos: en el sitio Loventine.com se alienta la idea de que la experiencia de "buscar pareja, amor y amistad sea lo más placentera, divertida y exitosa posible".


En Meetic.es son todavía más explícitos: “¡Usted puede perfectamente estar enamorado sin sufrir!”. Por un lado placer, diversión y éxito. Hedonismo. Casi una competencia. Un entretenimiento. Una empresa. Por otro, pornografía a secas: enamorarse sin sufrir. Cero angustia. Cero tristeza. Como si el mundo tuviera una sola cara, como si los momentos de felicidad no dependieran de los momentos de desconsuelo. Como si no existiera el otro. Porque la angustia es el otro, es uno reflejado en el otro, es el otro en la vista  –y en la vida– de uno.


Buscar sabiendo que uno va a encontrar puede ser agobiante, encontrar sin posibilidad de perder lo que encontró puede ser horroroso.


Pero Facebook es diferente. Allí, es cierto, también las comunidades se construyen por afinidades culturales, estéticas, políticas, lo que no implica una gran diferencia con los grupos que se constituyen en el mundo no virtual. 

¿O nosotros tenemos acceso cotidiano a todos los sectores sociales? ¿O nosotros nos mezclamos con otros de modo cien por ciento azaroso? ¿En qué se diferencia la historia de las personas con quienes trabajamos, estudiamos, convivimos?


Si cada uno revisara su caso particular advertiría que en cualquier tipo de comunidad las posibilidades que lo radicalmente otro se presente es bastante baja. Los determinantes son múltiples: educación, clase social, nivel económico, etc. Sin embargo, en Facebook existe un espacio para el azar, para el riesgo, aunque sea un medio virtual, aunque el rostro esté oculto y las inhibiciones suspendidas, es un espacio en donde uno no siempre busca lo que encuentra o encuentra lo que busca y, en realidad, quizás esto también pueda darse en los otros portales. En cualquier espacio humano, las posibilidades de toparse con algo que uno no espera, por más que sean difíciles, están latentes.


Despreciar per se las nuevas tecnologías o modos de relación resulta un anacronismo, si es que en ocasiones no se convierte en un discurso reaccionario.


El cara a cara en un bar continúa. Existen otros caminos para llegar. Pero es inevitable, el encuentro siempre puede implicar un choque.


Es un nuevo mundo, un nuevo amor: “El amor está por reinventar, ya se sabe”, dice Rimbaud, hay que reinventarlo.

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