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En este ensayo, se entremezclan crónicas de amores con la historia político - social de Avellaneda. Un texto clave que se mete en las entrañas de una ciudad que respira fútbol, poesía y debate. Gardel, Perón, Barceló, Ruggiero y otros emblemas del siglo XX.

Avenida Mitre, columna vertebral de Avellaneda

 Por Guillermo Bolesina

La noche de ese viernes era calurosa. Darío ya había consumido su helado, en cambio, a Romina todavía le quedaba el fondo del cucurucho por saborear.

- Vamos, dale que tengo el auto casi en Belgrano -le dijo él-.
- Bueno dale - le respondió ella mientras se levantaba de la silla-.

El Piave, la heladería que está en Avenida Mitre esquina Lavalle, estaba llena de clientes. Se fueron caminando por Lavalle en dirección a la Avenida Belgrano para llegar hasta el auto. El viaje hasta la casa de Darío no demoraría más que unos pocos minutos.

Recorrieron a pie unos cuarenta metros cuando ella se sorprendió al ver ese edificio que parecía un palacio y que a esa hora estaba, con sus grandes portones de rejas negras, cerrado.

¿Y esto qué es? - preguntó ella con una mezcla de sorpresa y admiración-.
- Es una escuela. Creo que se llama Ángel Gallardo. Es un industrial - le respondió, con cierto aire de suficiencia al sentirse jugando de local-. Después de todo era un Avellanedense de toda la vida y podía explicarle a Romina, que venía de Castelar, todo o casi todo de la ciudad. Para ella todo era nuevo. Es que luego de un tiempo de noviazgo se había mudado a Avellaneda para convivir con Darío.

En realidad, él tenía un departamento al fondo de la casa donde vivía su papá, el cual se había desocupado hacía poco tiempo y que, luego de una charla padre-hijo, habían decidido que lo usaría para vivir con su novia. Eso si, pagando un alquiler para ayudar con los impuestos. El papá de Darío era jubilado y no podía afrontar los gastos. Ellos se habían conocido en la editorial donde trabajaban y Romina soñaba con dedicarse de lleno a escribir cuando los apuros económicos le dieran un respiro, y no como ahora que lo hacía solo en sus ratos libres.

A la mañana siguiente y mientras los tres tomaban mate, el viejo mirándola le preguntó:
- Y este, ¿dónde te llevó a comer anoche?
- Fuimos a comer al Círculo y después me invitó un heladito en El Piave - le respondió ella tratando de mostrarse simpática con su “suegro”-.
- Después me quedé impresionada con esa escuela que está ahí cerquita. Parece un palacio, siguió diciendo
-  Ah, sí. La casa de Barceló -dijo el viejo-.
- ¿De quién? - preguntó ella - . No tenia ni idea quien era ese tal Barceló.
De uno de los políticos más importantes que tuvo Avellaneda y la provincia de Buenos Aires toda, hasta que apareció Perón. ¡Incluso se le animó a Hipólito Irigoyen! – explicó tratando de ganarse el interés de ella -.
- Nunca escuché hablar de él.. ¿me cuenta? – preguntó Romina con interés-.
- Al viejo se le iluminaron los ojos. Los recuerdos de ochenta y siete años se le vinieron encima, de golpe. Sorbió lo que quedaba del mate, se acomodó cerca de la mesa y le preguntó:
- ¿Tenés tiempo?

Darío intuyó lo que vendría. Se levantó, explicó que aprovecharía para ir a cambiar el aceite del auto y los dejó solos.

El significante fraude siempre estuvo asociado a la política. Es injusto, pero es así. Existen fraudes de todo tipo, sin embargo, cada vez que se menciona esa palabra su asociación con la política y los políticos es casi inmediata. Pocos dirigentes fueron tan descaradamente fraudulentos como Alberto Barceló, casi un estereotipo del político conservador de comienzos del siglo pasado. Pero también debe decirse que pocos fueron tan amados y respetados, aunque algunos dirán con razón, temidos, como él.

El conservadurismo siempre estuvo asociado a lo peor de la política por sus métodos gangsteriles, el uso de matones, la implementación de técnicas para burlar a la ley Sáenz Peña del voto secreto y obligatorio y la corrupción, pero es innegable que contó con el apoyo de grandes mayorías populares, en gran parte de gente humilde y trabajadora. La historia de Alberto Barceló está íntimamente ligada a Avellaneda y a la de los caudillos conservadores. Quizás fue él su máximo exponente.

Entre las filas del Partido Conservador de la provincia de Buenos Aires, que disputaba las mayorías con la Unión Cívica Radical, se hallaban el padre de Juan Domingo Perón y el de María Eva Duarte. No era el Partido Conservador un reducto exclusivo de políticos o únicamente la sede desde donde se pergeñaron las prácticas políticas más detestables. 

Un ejemplo de ello es que el gaucho Don Segundo Ramírez (Segundo Sombra), durante su vejez, se pasaba las tardes en el local que dicha agrupación tenía en San Antonio de Areco jugando a las cartas. También Gardel los frecuentaba.
Pero, ¿quién fue Barceló y qué hizo ese hombre que vivió en semejante palacio?

La casa que fue de Barceló es tan ostentosamente lujosa que solo alguien muy poderoso pudo haber mandado a construirla para vivir en ella. Está ubicada en diagonal a la Plaza Alsina sobre la calle Lavalle a metros de la Avennida Mitre, hoy allí funciona la Escuela Técnica N° 8 Ing. y Dr. Ángel Gallardo. Tiene las características de una mansión típica de la aristocracia europeizada de principios del siglo XX, lo que se dice “un palacio”.


Ocupa una superficie en el terreno de 605 m² y en sus tres plantas tiene una superficie cubierta de unos 1.400 m². En el lugar donde se construyó el Palacio Barceló funcionó con anterioridad la estación Barracas Iglesias del Ferrocarril a la Ensenada.

José Canosa, Técnico mecánico en horario laboral e historiador por vocación en sus momentos libres, la describió detalladamente en un artículo publicado en el Diario La Ciudad de Avellaneda, el 1 de Agosto de 2012.




“En el año 1925 los terrenos fueron adquiridos por Alberto Barceló, con una superficie de 2.800 m². El 23 de julio de 1927 el Ing. civil Juan Esperne, solicitó a la municipalidad de Avellaneda la autorización para construir un edificio para el entonces Intendente Municipal de Avellaneda. Los planos fueron realizados por el arquitecto Héctor N. Bengolea Cárdenas, destinado a vivienda particular del propietario”

“Su construcción fue realizada entre 1927 y 1929. Disponía de las comodidades de un pequeño palacio, con dependencias de servicio, portería y sala de juego, sobresaliendo los salones para distintas actividades”.

“Fue diseñado en estilo neo-clásico francés y construido con materiales de primera clase, destacándose los pisos de roble de Eslavonia, mármol de Carrara, herrajes, griferías, vitrales, cristales y sistema de calefacción importados, carpinterías a medida y un ascensor. Sus paredes de mampostería de ladrillo revocado fueron terminados en su parte exterior con cornisas, mochetas, columnas y adornos de mampostería y revoque símil piedra”.

Semejante vivienda solo podía ser de alguien perteneciente a la, por entonces, incipiente oligarquía ganadera o a algún terrateniente. Barceló no fue ni lo uno ni lo otro.

Nació en Avellaneda el 22 de diciembre de 1873, fue el menor de trece hermanos. Su padre, un comerciante catalán de Entre Ríos, fue socio de Justo José de Urquiza, se llamó Gerónimo Emilio Barceló y su madre Gregoria era a la vez sobrina de Gerónimo. Su abuelo se vino de Concepción del Uruguay a Barracas al Sur a caballo con una lanza que le regaló Urquiza para pelear contra Rosas.

Avellaneda se fundó en 1906 durante la gobernación de Marcelino Ugarte sobre tierras que se inundaban. Antes se llamó Barracas al Sur y sólo la separaba del barrio porteño de Barracas un río que era navegable para botes y pequeñas embarcaciones. 

A uno y otro lado del Camino del Sur (en la actualidad la Avenida Mitre), se asentaron viviendas, fábricas, talleres, saladeros y frigoríficos que arrojaban sus desechos al Riachuelo y que dieron origen a la contaminación que recién ahora se está tratando de eliminar. En 1856, en Barracas al Sur, vivían 5099 vecinos. En 1947, el censo de Avellaneda registraba 273.839 habitantes. Entre 1870 y 1960, la población creció ¡treinta y cinco veces! mientras que en toda la Argentina, en ese lapso, lo hizo diez veces y Estados Unidos, referencialmente, creció cuatro veces en cantidad de habitantes.

A comienzos del siglo XX, el apellido Barceló comenzó a sonar fuerte ya que fue políticamente prohijado por Adolfo Alsina, gobernador de la provincia y vicepresidente de Domingo Sarmiento y por Carlos Pellegrini, quien fuera presidente de la Nación. Alberto Barceló fue diputado y senador provincial y, más tarde, senador nacional. Fundó su propio partido en 1923, el Provincialista, y tras el golpe militar de 1930, se alió a la confederación conservadora, el Partido Demócrata Nacional.

Fue electo intendente de Avellaneda por primera vez en 1909 y ejerció hasta 1917. Volvió al cargo, por el voto popular, en 1924, 1927 y 1932. Fue hombre de acción en esos tiempos espesos, "señor de horca y cuchillo". Así fue calificado por otro legislador en ocasión donde se discutió la validez de su diploma de senador provincial por parte de la Legislatura de la ciudad ya que ocupó el cargo sin abandonar el que tenía en la legislatura provincial. Pero ¿cómo se gobernaba en los años 1900 una barriada de arrabal a veinte minutos de la calle Corrientes, salpicada de aventureros, delincuentes, estafadores y malevos? Una respuesta la dio Barceló. A quien sus amigos, y los otros,  llamaron “Don Alberto” o “el Señor”.

El historiador Miguel Scenna definió su gobierno municipal como "duro, implacable, paternalista, mechado de violencia, fraude y corrupción". Usó el empleo público, por derecha y por izquierda, como forma de asegurarse los votos cautivos. Pero no alcanzó para atenuar el mito y el poder de este caudillo. Se ganó  la fama con verdades y fábulas que lo invistieron como una leyenda: su propaganda aseguraba, por ejemplo, que andaba sólo, sin custodia, por el territorio oscuro de sus enemigos, tan sin ley como el suyo.

A pesar de ese estilo malevo, el radical Hipólito Yrigoyen, a quien Barceló combatió y odió, se paseaba y hacía política en Avellaneda; incluso vivió allí, en la esquina de Beruti y Av. Belgrano en una casa que fue demolida en los años 70 para construir la torre de departamentos que actualmente existe.

Desde 1912 la ley Sáenz Peña fijó el voto secreto y obligatorio, y se usó por primera vez en las provincias de Santa Fe y Buenos Aires ese mismo año. Sin embargo, las elecciones no pasaban de ser una parodia de la democracia. La oposición a los conservadores, la UCR, bautizó el sistema, que también usó y por las que llegó a gobernar el país a partir de 1916, como fraude oligárquico. Los conservadores, lejos de ofenderse, reformularon la expresión, lo llamaron fraude patriótico y lo justificaron sin ponerse colorados. Las elecciones que ganó Barceló en el ’24, ’27 y ’32 se hicieron bajo esta Ley. 

Un vecino de Avellaneda recuerda: “los comités de los conservadores en la ciudad eran una fiesta. Traían el vino en barriles que tenían una canilla de madera, había comida y la gente llegaba desde la mañana. Se iba sentando, se servía lo que quería y pasaban el día de los comicios allí dentro. En algún momento se aparecía uno del Partido y en una bolsa iba juntando las libretas de enrolamiento de los que llegaban. A última hora del día volvía con la bolsa repleta de documentos:

- Señores, les devuelvo la libreta -decía-. Ya votaron todos...

Para entender, o al menos tratar de hacerlo, el apoyo que supo concitar también puede mencionarse alguna anécdota, que testigos dieron por verdadera y que permaneció en el tiempo. El  hecho que pudo ser trágico, fue solo dramático y demostró la serenidad y el coraje de un hombre del pueblo, que aparte, era el intendente municipal.

“Una tarde, en los días cálidos del verano de 1909, Barceló estaba en el ventanal de la intendencia mirando hacia la calle Mitre. Pasaba de tanto en tanto algún carruaje abierto y el chirriante tranvía de Quilmes, el eléctrico recién inaugurado”

Apacible tarde de verano quebrada  de pronto por la disparada de transeúntes y el griterío de los cocheros; un carruaje entraba en la calle Mitre desde el puente de Barracas arrastrada a la carrera por una yunta desbocada, inútiles esfuerzos hacía el auriga (cochero) para detener la furia de los equinos que pasaron como una exhalación frente a las rejas de la Municipalidad ante el asombro y el susto de los paseantes.

Ver la escena, salir del despacho, bajar la escalera y subir a su caballo que estaba atado frente a la portada municipal fue cuestión de un segundo para Barceló. Alcanzó el coche a la altura de la calle Laprida, unas cinco cuadras en dirección al sur, y lo frenó dos cuadras más adelante, premiado con el aplauso de quienes habían seguido la escena” (Extraído del diario La Ciudad de Avellaneda – Anuario 1982).

Pero no solo en anécdotas cuasi-heroicas se basó el apoyo conseguido. Sus obras fueron concretas y ni siquiera sus más acérrimos opositores pudieron negarlas.

Hacía poco, asomaban por las calles de Quilmes los primeros tranvías de la firma Anglo-Argentino que unían a esa localidad con la Capital. Cuando Barceló se hace cargo de la intendencia de Avellaneda, esas formaciones llegaron a Avellaneda y mejoraron notablemente el transporte ciudadano. Otras obras de gobierno de los primeros años de Barceló fueron el ensanchamiento del Corralón Municipal, el saneamiento de la isla Maciel, arreglos en la plaza Adolfo Alsina –rodeada de jardines-, mejoras en la Iglesia parroquial y ampliación del edificio donde funcionaba el municipio. Su gestión se caracterizó por la concreción de múltiples obras públicas: concesión para la instalación de suministro de alumbrado público y particular, el cual fue realizado por una empresa extranjera: la Compañía Ítalo-Argentina de Electricidad (CHADE), el agua corriente, el pavimento de algunas calles a cargo de la Warren Brothers Co, empresa norteamericana, la construcción del hospital Fiorito, entre otras.

Las mujeres fueron un tema central en la vida de Barceló. No solo en la personal, sino también en la política. A él se debe una de las primeras medidas que impuso respeto al género aún en épocas donde las mujeres no podían votar. El 15 de noviembre de 1910, dicta una ordenanza en la cual se obligaba a impartirle respeto a la mujer, todo un adelanto para la época. El Artículo 1º aclaraba que “Las personas que en cualquier forma falten el respeto a la mujer serán penadas con una multa de cincuenta pesos moneda nacional o en su defecto ocho días de arresto”. Las mujeres agradecidas.

Ese mismo año, y con motivo del cumplimiento del centenario de la independencia argentina, se editaron numerosas publicaciones alusivas. En una de ellas puede leerse la siguiente reseña de la administración de Barceló en el Partido de Avellaneda a poco más de un año de haber asumido.

“Los progresos extraordinarios alcanzados por el partido, se deben en gran parte a la activa, y emprendedora administración del actual intendente Municipal Señor Alberto Barceló. Cumple pues, al criterio de equidad estricta que preside esta crónica, dedicar al señor Barceló el homenaje de simpatía y de respeto que reclaman sus merecimientos personales y su obra administrativa.”

Su buena relación con un sector de la prensa, llevó a Natalio Botana, dueño y director de Crítica, el diario de mayor circulación de la época, a elegir a Barceló como padrino de su hijo Elvio.

En 1912, inició un amplio plan de higiene de confiterías y despachos de bebidas, al igual que en los mercados abastecedores de frutas y alimentos del partido, como así también en los puestos de verduras. Se empeñó en crear un plan para combatir la tuberculosis. Reglamentó el comercio del pan, el de los fideos y hasta el que corría para los tambos. Aquí es cuando se produjo la inconfundible estampa industrial de Avellaneda, con el auge de aserraderos, establecimientos fabriles y de producción de lanares y cueros.

Supo darse cuenta que el fútbol era algo más que un juego. Fue pionero en su utilización política, y según cuentan, era hincha de Racing, el club de la ciudad asociado a las familias más poderosas. En 1910, cuando, el otro club de Avellaneda, Independiente, ya intervenía también en segunda división, ambos debieron enfrentarse por la primera rueda del campeonato en cancha de Racing Club. En la semana previa, el diario “La República” denunció el maridaje político entre Barceló y Racing y las posibilidades que se le abrían al club de ganar el partido con malas artes, a la vez que defendía a los integrantes de Independiente por provenir del “llano”. No obstante, contra las prevenciones del diario, venció Independiente por 1 a 0 quitándole el invicto a su rival, aunque en la segunda rueda sería derrotado por igual marcador. Racing al final fue campeón y ascendió a la primera división.

Una medida muy popular fue la que impuso el 10 de septiembre de 1914, cuando promovió desde la Intendencia Municipal la organización de Ollas Populares todos los mediodías, medida que ya había comenzado a practicarse a partir del 7 de septiembre de ese año. Sin embargo, los gastos que acarreaban los preparativos de esas ollas detuvieron la iniciativa a poco andar: el 1º de octubre de 1914 ya era historia, pero pocos olvidaron que en las escasas tres semanas que duró el proyecto se brindaron unos 30.000 almuerzos. A lo largo de los años, Barceló fue ganándose el apoyo del pueblo de Avellaneda y, a la vez, aumentando un férreo control, alimentado con tintes mafiosos, ejercido sobre la oposición.

Como buen conservador, eliminó durante todos los años en que gobernó Avellaneda toda idea clasista, fuera comunista o socialista, que pudiese emanar desde el interior de las fábricas o zonas industriales de ese territorio en épocas donde los inmigrantes europeos traían con ellos iniciativas anarquistas o socialistas.

El celo político con que manejaba las situaciones conllevó el aumento de la delación como herramienta de amedrentamiento y amenaza, creando para ello un circuito de control llevado adelante por los hombres del partido.

Según Gabriel Turone, presidente del brazo juvenil del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas "Juan Manuel de Rosas", su mano derecha, Juan Ruggiero “Ruggierito”, de origen humilde en la Isla Maciel, llegó a liderar un verdadero ejercito de matones y guardaespaldas con los que se reprimía cualquier intento opositor en la política o reclamo de trabajadores. Fue el primer aparato parapolicial reconocible y quizás, inspiración para otras experiencias similares que se sucedieron a lo largo del siglo XX. Barceló manejaba desde “la mesa electoral”, constituida en “unidad moral del sistema” de gobierno municipal. De modo, que “La lista de electores es un patrimonio exclusivo del jefe político asignado, único autorizado como mediador para acercarse hasta el caudillo”.

Ruggiero se animaba a pegar afiches para promocionar la candidatura de Alberto Barceló, y asistía al comité del Partido Conservador sito en la calle Pavón 252, espacio frecuentado por Agustín Magaldi y Carlos Gardel, entre otros cantores de tango.

En esa atmósfera, mezcla de bohemias, trampas y avivados, fue creciendo el joven Juan Ruggiero, hasta que fue tomándole la mano, y el gusto, a eso de la política y la ayuda a las clases populares, siguiendo el ejemplo de su jefe. El comité fue el centro de su política asistencialista, en donde Ruggiero fue “generoso con los que se acercaron a su mano siempre abierta. La prostituta, el cafisho, el médico recién recibido, el periodista sin trabajo, todos han sabido de su generosidad”. Su fama le granjeó vítores estruendosos en reuniones políticas, y no han faltado las aglomeraciones populares, como la que tuvo lugar en el barrio La Mosca de Avellaneda, en que se escuchaba a la muchedumbre gritar “¡Juan Ruggiero, sí; Barceló, no!”.

Quizás allí Ruggierito empezó a cavar su propia tumba, ya que Barceló no estaba dispuesto a que nadie le hiciera sombra. Es indispensable tener en cuenta que Avellaneda era un lugar donde arreciaba el hampa y en el que las disputas políticas se dirimían, casi siempre, a los tiros.

Ruggierito fue asesinado el 21 de octubre de 1935. Las investigaciones posteriores arrojaron luz sobre el homicidio. El asesino se llamaba Esteban Habiague, el cual se desempeñó como diputado provincial por el partido de San Martín entre 1925 y 1928. Y, ¿casualmente? era un conocido de Alberto Barceló. La crónica dice que “En 1931, Barceló lo hace comisario inspector con asiento en San Martín. El 20 de febrero de 1932 pasa a desempeñarse en Avellaneda”. Sin embargo, nunca nadie se atrevió a advertir al intendente sobre los antecedentes de este comisario.

Siempre citando a Gabriel Turone, Habiague quedó impune, y cuando parecía que su carrera política y civil estaba terminada, en épocas del peronismo, el gobernador Domingo Mercante, lo tuvo en cuenta para reprimir a los comunistas de la provincia de Buenos Aires. En 1945 llegó a entrevistarse con Juan Perón y Eva Duarte, a quienes les sugirió métodos e ideas para contrarrestar ideologías adversas al peronismo recién llegado al poder.




Avellaneda en los tiempos de Barceló fue la ciudad de la industria pero también la cuna de prostíbulos. Junto con los frigoríficos La Blanca, inaugurado en 1902, y Wilson, en 1914, prosperaron los prostíbulos y casas de juego con protección política y policial. En la Isla Maciel funcionó el más célebre de todos: El Farol Colorado, con francesas y polacas traídas por la sórdida organización de trata de blancas Zwig Migdal. Dice la historia que esa organización tuvo desde 1911, cementerio propio conocido como el “cementerio rufián”. Según la ordenanza de 1909, los burdeles debían establecerse en ambas aceras de la calle Saavedra, entre las de Levalle y Montes de Oca, tener las ventanas y celosías siempre cerradas, aunque "las piezas debían estar convenientemente ventiladas, tener una altura de 3,50 metros y una capacidad de aire de 30 m3".

El mismo Barceló que dictó la ley que obligaba a respetar a las mujeres, amparó la creación de prostíbulos. ¿Quién dijo que los políticos no se contradicen?

El poeta José González Castillo escribió unos versos que cantó Carlos Gardel y que aludían a la vida en Barracas al Sur. Es que Gardel tenía relación fluida con Barceló y muy estrecha con Ruggierito.

Una noche en Barracas al Sur,
una noche de verano,
cuando el cielo es más azul
y más dulzón el canto
del barco italiano...

Cuenta la leyenda que el  primer pasaporte argentino de Carlos Gardel era falso y en él figuraba como nacido en Avellaneda. Este había sido obtenido gracias a su amigo el intendente, para poder viajar a Europa y eludir la realización del servicio militar.

Al  respecto el mismo Gardel le habría dicho a Razzano: ¡Con  nuestras  amistades  en Avellaneda, conseguimos pingos, aperos, de todo!  Incluso en las conversaciones con Perón y publicadas por Tomás Eloy Martínez, le dijo: “...Gardel aceptaba cantar en las milongas de Avellaneda; tanta era la intimidad, que Don Alberto le consiguió a Gardel un pasaporte falso que usó toda su vida”.

Historiadores y cronistas coinciden en que Barceló practicó la violencia política, fomentó la corrupción y estuvo a las órdenes de los ricos. Pero nadie cuestionó su arrastre popular. En 1915, en la Cámara, el diputado socialista Enrique Dickmann dijo que "en Avellaneda domina una dinastía inconmovible que tiene sobre el pueblo un poder de sugestión inexplicable, porque los señores Barceló jamás han hablado, jamás han dicho una palabra, parece que son mudos...; la mayoría del pueblo de Avellaneda está con ellos, caso único en la democracia del mundo". El uso del silencio de Barceló lo emparentó a Yrigoyen, su enemigo. Sin embargo, Barceló nunca digirió que el dirigente radical tuviera trascendencia nacional, mientras que él, no logró en la Provincia, y menos en el país, el mismo protagonismo que si tuvo en Avellaneda.



El poder de Alberto Barceló se basó en el progreso vertiginoso y caótico de Avellaneda, en la creación de empleos, lícitos o ilícitos, en el favor como contraprestación política, así como en la aniquilación impiadosa de los opositores.

El diario El Pueblo, ya en 1911, al hablar del auge de la delincuencia en la ciudad fomentado por el poder de Barceló, decía que las "hordas de Atila o Alarico habían entrado en Avellaneda”.

Como si esto fuera poco, en 1932 se creó el Partido Fascista Argentino, cuya sede estaba justamente en Avellaneda, y con ellos, las andanzas de los grupos paramilitares promovidos por la Legión Cívica Argentina, que salían a castigar judíos.

Manuel Fresco fue el gobernador de la provincia de Buenos Aires entre 1936 y 1940. Barceló debía sucederlo, pero el presidente Ortiz intervino la provincia, anuló las elecciones que lo habían consagrado ya que, una vez más, habían sido fraudulentas. En su lugar fue nombrado interventor Santiago L. Arauz. "La mera agregación numérica de votos... emitidos en el sigilo y la oscuridad, no confieren por sí mismos ni autoridad, ni estabilidad, ni aptitud, ni principios fecundos de acción", dijo Fresco en la Legislatura de la provincia.

Quizás allí puede marcarse el comienzo del declive de Barceló. No pudo llegar a la gobernación de la provincia y simultáneamente no advirtió que el pueblo que hasta entonces lo apoyaba, estaba empezando a seguir a otro líder, que prometía justicia social y derechos a los trabajadores.

El 11 de octubre de 1945, el coronel Juan Perón arengó a 50.000 seguidores casi en las puertas mismas de la residencia de Barceló en Avellaneda. Dijo el entonces coronel: "Soñamos con un futuro en el cual el pueblo nombre a sus representantes... eligiéndolos no entre los más hábiles políticos ni entre los más camanduleros para hacer un fraude, sino entre los que hayan probado que son honrados y leales a la clase trabajadora."

Si fue cierto que los nietos de Barceló cruzaron el puente hacia la Capital, huyendo de Avellaneda tras la muerte de su abuelo ocurrida en 1946 nunca se sabrá con certeza. Lo que no hay dudas es que eran días donde un fenómeno nuevo estaba naciendo en la política y que hizo, que junto a esos nietos, miles de trabajadores de la zona sur, incluyendo a Avellaneda, cruzaran el puente sobre el Riachuelo para dirigirse hacia la Plaza de Mayo siguiendo a ese político que los convocaba.


La mañana del sábado había volado. Ya era casi la hora de almorzar. Ella estaba fascinada por el relato del viejo. No paraba de pensar, de imaginar como habrían sido esos años, en Barceló, su casa, en Ruggierito, en la plaza Alsina, el hospital Fiorito….

Habían consumido más de tres pavas de agua caliente con el mate. Darío ya había vuelto y se había sentado a la mesa sin participar de la charla, solo escuchaba. El viejo ya estaba cansado. Se echó hacia atrás en la silla, la miró y la ametralló a preguntas:

-   A casi setenta años de su muerte, vos ¿qué crees?, ¿se terminaron los caudillos?, ¿terminó la política asociada al delito?, ¿terminaron todas las formas de fraude?, ¿el cargo público como prebenda?, ¿el favor personal como contrapartida del voto?, ¿el negocio privado asociado al negocio público?, ¿el apriete a los opositores?, ¿la violencia como herramienta política?, ¿las contradicciones de los políticos?

Romina no supo que contestar. Intuía que no, pero.. ¿Cómo responder rápidamente a ese interrogatorio tan profundo y cargado de sentido?.

En ese mismo momento una idea empezó a configurarse en su cabeza. Algún día escribiría sobre la historia de Alberto Barceló, el matón, el fraudulento, el intendente que supo contar con el apoyo popular de toda una ciudad. Algún día escribiría sobre el “Señor de Avellaneda”.







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