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Diego Jáuregui  tenía dieciséis años cuando lo asesinaron. Fue presentado  como muchos otros jóvenes pobres invisibilizados, por sus carencias: ni estudiaba, ni trabajaba, ni era un "buen adolescente”, en “algo andaba”. La construcción del discurso dominante suele estigmatizarlos como víctimas no tan buenas o directamente como malas víctimas.  Lo metieron en la misma bolsa que a Luciano Arruga o Melina Romero. 




Por Diego Bartalotta

Un sábado frío de junio, muchos hicieron el esfuerzo para despertarse a las cinco de la mañana y ver a la selección argentina en el Mundial de Sudáfrica.  Dieguito  -como le decían sus amigos- había encontrado una opción más acorde a su edad: salir a tomar algo y quedarse despierto hasta la hora del cotejo.

Esta vez no fue a reunirse con los pibes de Constitución, se quedó en Danubio, el barrio que está a menos de cien metros de la cancha de Dock Sud. El partido lo vio en la casa de “Buey”, un vecino que vive en la entrada, sobre la calle Campana, a metros de la avenida Debenedetti.

En “La Villita” como algunos le dicen al Barrio Danubio Azul, todos festejaban, pero Isabel comenzaba a preocuparse. Anochecía y Diego no regresaba.  No era común, porque jamás se ausentaba de la casa por más de uno o dos días. Esperó, contuvo su ansiedad mezclada con angustia, y el domingo por la tarde fue a la Comisaria 3°, ubicada a tres cuadras, en Debenedetti y Huergo.

Allí los policías son bravos, de esos que dejan marcas, varias veces removieron a los comisarios. Carlos Villar, que estaba a cargo de la seccional, corrió tiempo después la misma suerte. No quisieron tomarle la denuncia, según ellos, “acostumbrados a que los pibes pobres se vayan de la casa por discusiones o parejitas esporádicas”.

“El lunes volvimos a la comisaría y ahí si nos tomaron la denuncia”, cuenta Isabel, mientras recibe un mate dulce por parte de un amigo de Jazmín,  la cuarta de sus siete hijos.

Jazmín, “la Kiki” para sus amigos, tiene en brazos a su segunda hija de apenas unos meses. La cubre con una manta. Escucha con atención a su madre y la interrumpe:  “Estamos amenazados, él  -por el asesino de su hermano- dijo que cuando saliera de la cárcel mataría a mi mamá, y a todos nosotros.”

Kiki por aquel entonces abrazaba la adolescencia como Diego. Encabezó varias de las marchas que se realizaron por Dock Sud exigiendo justicia.  En simultáneo hacía las veces de madre de sus tres hermanos menores: Iván, Ramiro y Milagros.

Isabel trata de recordar algunos detalles, realiza el mayor de los esfuerzos para una madre, traer a su hijo que ya no está.  Entran Iván y Ramiro, que regresan de la escuela. Pasa su brazo por detrás del hombro del segundo, y toma aire:

Él es callado, igual que Diego. Acá en el barrio me dicen que son una copia. Dieguito no hablaba mucho. Era muy tímido, pero servicial. Siempre fue así. Se mandaba las de cualquier pibe de su edad pero tenía gestos que lo describían.  Un día trajo a un señor mayor a dormir acá, porque en su barrio Las Casitas – también Dock Sud – todo se había inundado.

Una  semana antes de su crimen, Diego había participado en una jornada solidaria organizada por el movimiento Barrios de Píe, en la escuela N° 46 del Docke, justo frente a la Comisaria 3°, a la que tanto le temen los jóvenes del barrio.  En la misma  refaccionaron baños, pintaron las paredes del patio, algunas aulas y un mural en la fachada.  Allí, aportaba la experiencia que le habían dado las changas como ayudante de albañilería que realizaba durante el día, porque a la noche iba al secundario de adultos.

Isabel no oculta su emoción. Las lágrimas recorren su cara ajada por el paso del tiempo. 

Como muchas de las madres de Danubio, uno de los tantos barrios postergados y olvidados por el Estado a lo largo de varias décadas –la calle de acceso fue asfaltada por primera vez hace tres años– aparenta tener más años que los cincuenta y uno que figuran en su documento.  Con su marido Julio, cosían, en su casilla, monederos para terceros.   El destino le dio un sopapo años atrás cuando perdió a su hija mayor a raíz de un cáncer. Otra vez parecía ensañarse.


El lunes por la mañana ingresó la denuncia por averiguación de paradero. Ese mismo día la fiscalía N°3 (UFI 3) envió oficios con una foto a los medios de comunicación, hospitales y morgues  para dar con Diego.  Las respuestas eran negativas y el barrio empezaba a movilizarse.

Jimena, empleada del Polo Judicial, conoció a Diego Jauregui más allá del expediente y las cientos de fojas. Compartió varias jornadas de apoyo escolar en el comedor Arco Iris, que está pegado a la casa donde vivía él.  Pasaron varios sábados y trazó una fuerte amistad con su hermana Jazmín.

Esa semana hubo dos testimoniales en la fiscalía. Una señora y su hijo.  Según consta en la declaración, Diego aquella mañana, post partido, quiso robarle el monedero. Le pidió plata pero cuando reconoció que era la madre de un conocido del barrio, le pidió disculpas reiteradas veces.   

La señora regresó a su casa y le comentó la situación a Pablo, su hijo, que minutos después salió a la búsqueda de Diego.

Pablo en su declaración asegura no haber visto a nadie. Sin embargo algo llamó su atención cuando pasó por la puerta de una vieja parrilla sobre la avenida Debenedetti,  entre Campana y el Pasaje Olimpia. Preguntó a su dueño, Ricardo Siboldi, si había visto algo. Lo negó. Pablo oyó una mezcla de lamentos que venían del interior. Siboldi, que había salido de prisión a fines de 2009 tras seis años, le dijo que era un pibe del barrio, borracho y  empastillado, que estaba detrás de una heladera.

-No le des importancia, llamé a la policía para que se lo venga a llevar.

- Dejáme ver quien es, quizás lo conozca y pueda avisar a sus padres. -Dijo Pablo-.
 
Ante la negativa se fue a su casa, pero se quedó dudando. Tiempo después lamentó no haber realizado el llamado para dar aviso.

Las marchas por el barrio exigiendo justicia se realizaban todas las semanas.  Recorrían varias cuadras con velas y en silencio.  Eran escoltadas por dos patrulleros que temían desmanes cada vez que la columna de vecinos frenaba delante de la comisaria y comenzaba a aplaudir.

Luego de la declaración de Pablo y su madre, la policía realizó un allanamiento y desde la fiscalía se ordenó “pinchar” el Nextel de Siboldi.  La apertura de antena llegó cuatro días después. En la UFI 3 ya no tenían dudas.

-Vení que me mandé una cagada. Traé el auto. -Dijo por teléfono Siboldi  a  Juan Ramón Almirón, un amigo de Villa Dominico-.

El dueño de la parrilla, sacó el cuerpo debajo de unas chapas, lo enrolló en una frazada y lo metió en el baúl del Renault Clío azul. Con la impunidad que caracteriza a quien también oficia de “transa”, lo arrojó al Arroyo Sarandí, el cual desemboca en el Rio de la Plata.

La orden de detención no tardó en llegar. Simultáneamente comenzó la búsqueda en el Riachuelo por buzos del cuartel de bomberos de Avellaneda, la policía de Dock Sud y efectivos de la Prefectura Naval. Su cuerpo apareció en la ribera del Rio de la Plata, allí donde la desembocadura del Arroyo Santo Domingo expulsa los desechos cloacales de gran parte de Avellaneda.  Tenía una soga al cuello, su rostro hinchado  y el hedor de la descomposición.  Habían pasado doce días.



-¡Llamen a Macho, llamen a Macho!

Betty, su tía, no quería que trasladaran el cuerpo sin que su hermano lo reconociera. Macho es Miguel Ángel Rodríguez. Hoy trabaja para una cooperativa que lleva el nombre de su hermano.  En ese momento estaba recorriendo la costa a la altura de Hudson. Como todas las mañanas calzó las botas largas que le había dado Prefectura y se subió al bote para continuar la búsqueda. El 24 de junio la policía avisó a su madre que habían hallado el cuerpo rastrillando la desembocadura del Arroyo Santo Domingo, a tan solo seis kilómetros de su casa.

Isabel recuerda que su miedo era que la marejada lo arrastré hacia el Uruguay: “
Una bajada de río lo dejó en la arena. Nosotros lo buscamos en la laguna La Saladita – a cinco cuadras de su hogar - , porque llegaban versiones de que habían tirado un cuerpo en una bolsa negra”.

Su rostro estaba desfigurado, tenía una soga atada al cuello. Lo reconocieron por su campera. 

El fiscal Laborde observó todo junto a Julio y Betty. Una hora más tarde llegó Macho. Necesitaba despedirse.  La autopsia realizada dio cuenta de golpes,  quemadura de cigarrillos y agua en la tráquea, por lo que los peritos infieren que lo arrojaron inconsciente al arroyo.

La causa, que se encontraba en el Juzgado de Garantías N° 10 de Avellaneda, a cargo de la doctora Estela del Carmen Mollo fue elevada al Tribunal Oral Criminal N° 4 de Lomas de Zamora.  A partir de allí, Siboldi y Almirón, detenidos en la Unidad 40 de Florencio Varela, trazaron con sus abogados la estrategia de juicio abreviado, el cual consiste en un acuerdo entre el fiscal, el imputado y su defensor. El fiscal acusa por un hecho, luego lo califica y ofrece una pena.  Por su parte el imputado reconoce su participación, asume su culpabilidad y acepta o negocia la pena.  Se puede hacer un juicio abreviado con acuerdo, fijando la pena en 10 años como máximo.  Siboldi fue acusado con el cargo de homicidio simple –las penas van de 8 a 25 años – y Almirón simplemente por encubrimiento. Por el primero negociaron una condena de 9 años. Esto despertó la indignación de la familia y el barrio.

Cuando  el fiscal vio a la madre, le  dijo: “Ustedes no van a estar conformes”.

A Diego le tenían bronca -afirma Isabel-. Con la gente de la parrilla había drama, porque acá en el barrio hubo un intento de violación por parte de la misma gente,  entonces vecinos del barrio fueron y atacaron la parrilla, pero Diego no participó de eso.

Jazmín recuerda que el asesino de su hermano, “dopó” a los hijos de su pareja en aquel entonces y que vio a Diego acompañar a aquella a realizar la denuncia.

“Cuida al pibe”, fue el mensaje de texto.



El comedor Arco Iris recibe  todos los días a más de cincuenta chicos del barrio Danubio Azul. Está ubicado unos pasos detrás de la casa de la familia Jaureguí.  Cuando crece el rio Dock Sud, que discurre unos cien metros más atrás,  hace que las napas suban y todo se llene de agua.

Dos días después de haber encontrado el cuerpo realizaron allí el velorio. La Selección Nacional esperaba invicta los octavos de final, aunque  para ellos, el Mundial había finalizado. Llovió todo el día, los vecinos y amigos de Diego llegaban embarrados. El barrio estaba de luto. A medida que fue oscureciendo la broca le ganó a la tristeza, los pibes, sus amigos, se agrupaban alrededor de las motos, camperas azules y amarillas de Dock Sud eran el refugio perfecto. Cerca de la medianoche fueron hasta la parrilla, custodiada por la policía desde días atrás, y se enfrentaron a piedrazos.  Minutos después ardía en llamas.

En el barrio recuerdan a “Dieguito” con varios murales. Isabel abraza a Iván, su otro hijo menor. Se emociona otra vez.

Diego era un chico sin palabras. De poco hablar. Era muy buena personita.


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