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En el aniversario de La Noche de los Lápices, Coemu trae una declaración histórica de Pablo Díaz -uno de los sobrevivientes de aquél hecho- en el marco del juicio a militares y civiles en lo que se denominó parte del "Circuito Camps", donde se articularon distintos centros clandestinos para cometer delitos de lesa humanidad. 

Foto: Ricardo Scotti

Por Santiago Giorello (*)

Pablo Díaz enfrentó a los jueces con la idea firme de reflejar su pasado, dio detalles pormenorizados de lo sucedido en los distintos centros clandestinos que pasó, con las ganas de destacar las cualidades humanas de sus compañeros y con la firme convicción de pedir justicia a 35 años del horror (hoy, 40). Por eso, dio nombres de los torturadores y de las personas que consideró responsables por lo sucedido y conformó un testimonio inapelable para el Juicio que se desarrolla en la Ex - AMIA.

Aquel 21 de septiembre de 1976 no se borró de su memoria. Apuntó al Teniente Vides como uno de los secuestradores que a su vez robó pertenencias del hogar en que se llevaron a Pablo, a las cuatro de la mañana de forma violenta, como la mayoría de los casos de detención ilegal.

La militancia en la Unión de Estudiantes Secundarios y luego en la Juventud Guevarista, como su actividad en la Coordinadora de Estudiantes Secundarios, fue demasiado para los represores, que no dudaron en apuntarlo a él como a tantos compañeros y compañeras que tenían entre 14 y 18 años. Según las investigaciones realizadas, hay casi 240 chicos en La Plata desaparecidos en esa franja de edad.

Comisaría Quinta fue el destino de la víctima en plena ciudad de La Plata. Luego de estar un día parado, llegó el momento del interrogatorio:

“Me ataron a un catre con las manos, con cinta de tela, con los pies. Me empezaron a interrogar sobre mi actividad. Todo era rápido. Sentía que me apoyaban con una picana eléctrica, nunca la vi, pero la sentí. Empezaba a gritar. Anteriormente cuando estaba en una habitación, me dijeron que iba a ir a la máquina de la verdad. Yo la pedía pensando que era una máquina que detectaba. La máquina de la verdad era la electricidad que me estaban pasando”

Pablo gritaba, pedía agua, tenía mucho miedo. Sabía que si bebía el efecto de las torturas iba a ser letal.

“Para mi fueron horas, pero la noche duró muchísimo porque había otros gritos. A Marlene Kegler Drug, pobresita, la torturaban muchísimo, gritaba. Yo por años sinceramente creí que la habían matado. También sufrieron Walter Docters y Gustavo Calotti”

La teoría militar también se podía entender desde los relatos. A Pablo le preguntaban porque se había metido en las villas, como motivo de subversión. Con esos argumentos, lo vuelven a torturar.

“Me levantan y me hacen firmar bajo amenaza de que cuando salga en libertad no cuente lo que me había pasado. Me vuelven a atar. No solamente la corriente eléctrica me producía el olor a carne quemada. Tenía miedo de infectarme los genitales, pectorales y la boca. Siento un pinchazo, y uno que dice ´agarrá la tenaza´. Me toco y no siento una uña. No sabía que decir porque no preguntaban”

Pablo Díaz 

La complicidad de la Iglesia

Como en casi todas las audiencias, la complicidad eclesiástica se hacía ver en los centros clandestinos, con curas que querían sacar información con la excusa de la fe.

“Viene un cura y me dice si quería confesarme. En el miedo le dije que si, que no había hecho nada, que le digan a mis padres, que tiraba volantes, que había militado.  Mientras me acariciaba la cabeza me decía que ya era tarde. Me levantaron, y sentí otras personas conmigo. Me pusieron contra un muro como que me iban a fusilar. Sentí que había otras personas. Otra vez pasa esta persona y me hace relatar el padre nuestro”.

Recito el padre nuestro, y dicen: “prepárense”. Y tiran. Siento disparos. Lo único que recuerdo, es que dije “mamá”. Era un segundo, creía conocer el dolor de los disparos. Es eterno porque uno no sabe como es la muerte. También siento que otro dice: “vivan los Montoneros”. Lo agarran al muchacho, hay disparos y agonía. Vuelvo a pensar que me habían vuelto a disparar. Caigo al piso, estaba descompuesto mientras vomitaba, sentía que me había orinado encima. Me vuelven a agarrar y me dicen: “vamos, vamos perejil”. Me dejan en la habitación, ahí ya siento que vuelvo a respirar.

El cuerpo de Pablo estaba tan herido de las torturas que tuvo que operarse semanas más tarde en la Unidad 9 de La Plata, luego de un careo del Coronel Sanchez Toranzo. Tenía dos hernias y apertura de los tejidos, producto del informe del médico Favole (condenado en 2010). Aún mantiene las cicatrices del terror.

Memoria, verdad y justicia

Otro de los lugares que recorrió la víctima es el Pozo de Banfield (declarado en estos días sitio de la memoria), donde se reencuentra con amigos del 16 de septiembre. “Estuve 90 días. Las condiciones eran distintas porque eso era un depósito. Me encontraba con muchos compañeros. A su vez con otras personas que habían estado en el mismo lugar que yo, como Osvaldo Bucceto, José María Schunk, Walter Docters, Marlene Kegler Drug y Gustavo Calotti”

En Pozo de Arana, Pablo Díaz se cruza entre otros con Claudia Falcone y José María Sun, violentamente torturados. Este último recibió terribles golpizas porque se quiso escapar en el momento del secuestro. Gabriela Carriquiriborde era una de las víctimas que estaba  embarazada.

“Viví el parto de ella. El médico Bergés me puso con ella para que la cuide. Tenía que golpear la puerta de la celda si había contracción”, explicó Pablo al respecto, que también recordó a Estela Marys Montesino de Ogando y su esposo Jorge Ogando; sin olvidar a Graciela Pernas y su marido Julio Posse.

Si algo queda claro en el relato es que todas las víctimas pasaron por el mismo recorrido. “Identificamos Arana como campo de tortura permanente”, indicó Díaz, e hizo hincapié en una situación que se refleja en la película La Noche de los Lápices

“María Claudia Falcone, estaba sobre mis espaldas, separada por una pared de 15 cm. El pozo de Banfield tenía una pared muy fina. Yo hablaba con ella. Después de 90 días nos habíamos unido mucho, más del conocimiento real que militábamos. El horror en los términos de solidaridad con otras víctimas, juega un papel preponderante la apoyatura con otra persona”

El pozo de Banfield era depósito a la espera del traslado final. Era una cuestión de turno porque casi ninguno apareció: “Estábamos desnudos, sobre la celda, no comíamos”.

El recorrido en cautiverio de Pablo Díaz

- Del 21 al 30 de septiembre de 1976 en Comisaría Quinta.
- Hasta fines de diciembre de 1976 en Pozo de Banfield y Campo de Arana
- Hasta fines de enero de 1977  en Pozo de Quilmes
- Un día en la Comisaría Primera de Valentín Alsina
- Cuatro años y ocho meses en Unidad 9 de La Plata

Pablo Díaz elevó la voz frente al Tribunal, y concluyó con una reflexión:

“No te torturaban por tener 16 años, sino porque para ellos, eras un demonio. Hay 238 desaparecidos entre 14 y 18 años. Nos robaron hasta los niños en nuestras casas, son torturadores, ni siquiera se detenían por el olor de la carne picaneada, ni por los gritos. Son violadores, son asesinos, fusiladores, y cobardes, porque ocultaron los cuerpos”

(*) Informe periodístico realizado en 2011 para la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos La Plata.



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